2.10.09

Una Princesa Disney


No cabe un post a la usanza.
Éste, uno de los más breves de mi blog, consta de una sola palabra. Una palabra que decimos casi por todo, pero que la mayoría de las veces no sale del fondo de ninguna parte, sólo de nuestros labios.
Cuando creí que no había luz al final del túnel, apareció la magia de la mano de Disney.
Y no me refiero a las princesas, los príncipes, los enanos, las Brujas Malvadas...
Me refiero a ese equipo que aparece en la foto y que está incompleto, pero entero en mi mente.
No fue Walt Disney quien me hizo sentir una princesa más durante unos días, sino ellos, que sin conocerme, me trataron como si fuera una más. Una princesa más.

Para ellos, con todo lo que llevo en mi recuerdo que es breve pero muy intenso, va la palabra mágica de este post.
Para todos ellos: GRACIAS.

30.6.09

El Sol Prisionero (Atardecer en Las Palmas)


Cuando el Sol sale en Las Palmas, el mar se tiñe de amarillo. Es un Sol radiante, libre.
Tímido al principio, va recobrando confianza a medida que pasan los minutos.
Si uno mira al horizonte, parece que puede ver incluso la redondez del planeta.
Es el único momento del día en que la ciudad de Las Palmas parece no tener miedo a nada.
El único rato en que la ciudad se deja atrapar por algo que no sea ella misma.
A mediodía, mientras cae a plomo sobre la urbe, los edificios plagados de cristales relucen por todas partes, acentuando la sensación de sofoco que nos va aplatanando lentamente hasta convertirnos en sudorosos zombis deseosos de que vuelva la noche a librarnos del eterno calor. Las Palmas, a medida que pasan las horas, arde en fiebre.

Cuando llega el atardecer, la ciudad se venga del Sol soberbio que apareció por la mañana inundándolo todo, y sus moles de cristal y cemento se vuelven de repente los barrotes de la celda donde el Sol queda atrapado hasta que decide escapar dando paso a la noche.
Voy caminando por la Avenida Marítima... un rayo de Sol me ilumina. Luego se esconde tras un barrote de quince pisos. A los pocos metros, vuelve a darme luz, asomando la cabeza asustado, preso entre los gigantes que se interponen entre el mar y la ciudad. Y vuelve a desaparecer.
Me produce tristeza verlo tan pequeño, tapado por algo tan vulgar como un edificio. Me da pena que en Las Palmas anochezca antes que en otros lugares sólo porque el hombre decidió poner barreras justo delante del mar, robándonos la puesta de Sol. Reniego de un atardecer con el Sol preso.

Este fin de semana me sentaré en la Avenida Marítima, esta vez mirando al mar, para volver a contemplar cómo el Sol nos perdona tanta vileza urbana y, durante unos minutos, vuelve a ser el Rey que nunca debió dejar de ser.
Este fin de semana veré amanecer en Las Palmas.
Este fin de semana veré amanecer en la ciudad que creyó ser Dios y nos robó el Sol de cada tarde...




16.6.09

En Nombre del Remordimiento (O Pieza Suelta de un Puzzle)


Soy esa mujer del cuadro de Munch...
Mírenme. ¿Qué ven?
Aunque no lo crean, esa mujer está vestida.
Lleva una falda de cariño, una camisa de respeto, unos zapatos de preocupación hacia ese hombre que agacha la cabeza.
Ese hombre, en nombre del remordimiento, es quien me hace aparecer desnuda en ese cuadro.

Soy esa mujer en el cuadro de Munch...
Mírame. ¿Qué ves?
Lógico. No se puede ver nada mirando al suelo.

Para J.

31.5.09


21.5.09

Mus, Parchís y otros Juegos


En estos días en que no tengo que trabajar es cuando me doy cuenta de que soy como un animalillo que sólo es inofensivo si se le tiene atado y bien atado.
Y es que, en estos días en que no he ido a trabajar, he jugado al Mus y al Parchís con gente que ni siquiera conozco.
Es tanto mi vicio con el juego que, cuando me quise dar cuenta, me estaba jugando también el orgullo y el corazón....
Y sin mover una ficha, sin tirar un dado y sin levantar una sola carta.

¿Les interesa un consejo de ludópata escaldada?
Después de la medianoche, como en La Cenicienta, todo se vuelve más feo. Al menos en esto de los juegos. En todos los juegos.
Así que... después de las doce, un buen libro y el messenger cerrado.
(Nunca he ganado una apuesta yendo de farol).

13.5.09

La Roca Valiente



¿Cuánto tiempo llevaba esa roca ahí? No me atrevo ni a imaginarlo. Seguramente, tantos años como olas la habían embestido ya.
¿Y cuántas veces había pasado yo por aquel lugar? Seguramente, tantas como olas me habían embestido a mí.
Y en esa calurosa tarde, otra más, acomodada en la guagua, con la espalda apoyada en el cristal y las piernas estiradas a lo largo de los sillones traseros, la vi.
La vi... y fue tal la visión de aquella roca en medio de una nada acuática, que me quité rápidamente los auriculares de los oídos y me incorporé para poder observarla los pocos segundos que quedaban antes de que quedase escondida de mi vista, detrás de las horribles y cochambrosas casas que tapan la vista del mar a lo largo de toda la carretera.
Pude verla en el justo momento en que una ola la atacaba fuertemente por la espalda, precisamente a ella, tan sola en medio del desierto azul. Pero no se inmutó. Aguantó inmóvil, quieta, paciente. En cambio, fue la ola la que se rompió en una gran estrella de espuma, por encima de la roca valiente. Ella, que llegó por la espalda, se hirió de muerte, descomponiéndose en torbellinos de sangre blanca. Llegó inofensiva a la orilla, mientras la roca seguía inmutable en medio del mar tranquilo que ya preparaba su próxima embestida de la que, sin duda, y aunque no pude verlo ya, la roca saldría sana y salva.



(A Samuel, una roca más valiente que la del relato. Aunque nos separe el Atlántico, sabes que una velita siempre arde por ti)

12.4.09

Sabios microscópicos


No tengo ni idea de cuánto tiempo hacía que nadie se molestaba en limpiar los libros que ocupaban aquellas estanterías.
Empecé a llevar en brazos hacia el salón todos los que podía cada vez para ahorrarme paseos innecesarios. Me di cuenta de que eran muchos, de muchos tamaños, de muchos temas distintos, de muchos colores, de muchos años, de pocos años, sin traducir, traducidos...
No sé si tardé tanto en quitarles el polvo porque me entretenía mirando cada uno, meneando sus páginas para que saliera de ellas el polvo, curioseando lo que contaban. Pero estuve un larguísimo rato hasta que quedaron nuevos otra vez.
Abrí las ventanas para que la atmósfera se despejara y vi, a mi alrededor, pequeñas nubecitas de polvo, danzado ingrávidamente por encima y alrededor de los libros y de mí, que los seguía curioseando con muchas ganas pero sin ninguna prisa. Allí estaban, huyendo a través de la ventana o arrastrados hacia ella por la corriente de aire, los millones de pequeños ácaros que habían vivido tanto tiempo entre sus páginas. Se marchaban desterrados, dejando paso a los nuevos que en breve, seguro, volverían a asentarse entre aquellas páginas llenas de tantas cosas para recostarse entre las hojas y quién sabe, si para devorar lo que dicen.
El caso es que no pude resistirme a hacer la foto que encabeza estas palabras. Nuevos otra vez, apilados unos encima de otros, esperando para ser recolocados en sus estanterías limpísimas ahora, pero que ya iban haciendo sitio para los nuevos curiosos invisibles que, en el momento publicarse esto, sin duda ya estarán agrupándose para pasar una larga temporada a la sombra de las miles de hojas que forman esa pequeña gran biblioteca.
Los habrá políglotas; algunos saldrán siendo expertos en arte; otros serán poetas; otros, aburridos de las matemáticas o de la física les dirán a los que habitan los libros de Benedetti que les reciten algún lindo poema...
Pero todos, a su manera, se habrán convertido ya, cuando vuelvan a ser desterrados por a saber qué manos esta vez, unos sabios microscópicos.

9.4.09

Hayóm heíra hashémesh et imkéy nafshí (Hoy la luz del Sol ha entrado en mi alma)


Orí llegó una tarde sin esperarlo, como suele ocurrir con los mejores momentos de tu vida.
Venía de muy lejos, de muy, muy lejos: de Galilea.
Orí es un israelí rubio. Rubio el cabello; rubias las cejas; rubia la barba. Con ojos azules y la piel morena por el Sol. Con una voz tan suave que parece recitar un poema cada vez que empieza un discurso.
Orí no habla por hablar, no canta por cantar.
Orí, simplemente, embruja, atrapa.
Es un enamorado de las lenguas y, sobre todo, de su idioma materno: el hebreo.
Yo soy una enamorada de las lenguas y, sobre todo, de mi dioma materno: el castellano.
Así que fue bonito el cuadro de dos que, sin entender una palabra de lo que decía el otro, cantaban canciones y recitaban poemas en su lengua materna.
Las canciones que Orí canta son algo más que canciones. Cuando cierra los ojos, sonríe. Y da golpecitos en la mesa con los dedos, creando una percusión suave que me transporta a una tierra lejana en la que nunca estuve, pero que aparece ante mis ojos como si entendiera cada uno de los preciosos sonidos que forman la lengua hebrea. Canciones que hablan de una ventana desde donde se ve el mar azul. Canciones que hablan de alguien que conoce tan bien su corazón, que entiende cada uno de sus latidos. Canciones que hablan sobre una mesa donde hay ricas comidas y por donde pasan fugazmente las telas de las faldas de las mujeres, impregnadas del olor a especias. Todo eso dice el hebreo sin que entiendas una palabra.
Orí me explicó que el hebreo apenas si ha cambiado desde que se conocen los primeros textos. Tentación inevitable el pedirle que me recitara algo de la Biblia; quería oír cómo hablaba Jesucristo hacía dos mil años. La conoce bien. Me miraba con los ojos azules, profundos y pronunciaba suavemente palabras llenas de aire, de garganta, de arena... Noté cómo se me ponían los pelos de punta y me daban ganas de llorar. Él acababa el discurso y sonreía.
Yo también enseñé a Orí un poema de Bécquer que lo hizo suspirar, abrir los ojos con asombro y lo recitó en castellano como si lo hablase de toda la vida. Nuestros idiomas se mezclaron sentados en la mesa, bebiendo vino lentamente.
Levantando las copas, él decía "salud" y yo le respondía "lejáim".
Tradujo el poema de Bécquer al hebreo y podría parecer que había sido escrito en su idioma originariamente, tal era el ritmo y la suavidad que lo contagió cuando lo leyó.
Me lo aprendí; se asombró de mi pronunciación hebrea y me dijo que oírme le hacía estar un poco más cerca de casa.
Orí me dijo que yo tenía suerte de tener un sueño. Que no lo dejara escapar.
Me lo dijo en inglés. Y yo, que no quería ver en ese momento que estaba dejando escapar mi gran sueño, o tal vez como un modo desesperado de agarrarlo durante unos segundos, le dije a Orí que siguiera cantando en hebreo.
Y allí estaba, mirando a Orí, que tenía los ojos cerrados, cantando las canciones de su historia, mientras yo volvía a Jerusalén, a las calles polvorientas donde brillaba el Sol, donde unos niños reían y el cielo se veía muy azul, unas calles donde aún no volaban los aviones hacia Palestina, esos aviones que destrozan cada día la vida de tanta gente buena, como él dice. Esos aviones que destrozaron el corazón de Orí, a quien el dolor le impide ver Israel como algo distinto de lo que cuentan esas canciones tan, tan bellas.


(A veces, aunque sólo sea fugazmente, el viento trae una pequeña parte de un mundo que parece muy lejano, hasta que puedes tocarlo. Hasta que ves que lo que pasa "allá", pasa también, de algún modo, "aquí", cuando te lo narra un testigo. Cuando Orí me habló desde el fondo de su corazón sobre lo que ocurre en su tierra, donde él fue niño y donde sus amigos se convirtieron en sus hermanos, dejé de sentir ese mundo tan lleno de historia como algo lejano, y eso "vahaló dai bejáj" (para mí es suficiente). Dedicado a las personas como Orí, que cambian durante unas horas tu vida. Para que no muera ni un solo Orí más en esa tierra de canciones hebreas).

29.3.09

Café tradicional, express o soluble. Pero café.


La contraseña era siempre la misma: "Voy a tu casa a tomarme un café". Es lo que tiene estar casado. Uno tiene que hacerse un mundo en clave para no ser descubierto. Si mi respuesta era "tengo la cafetera lista", significaba que la que estaba lista era yo.
Lo más gracioso de todo es que el café lo hacía en serio, como quien toma esa rutina como un previo sexual.

Debe ser que encontró otra amante que se había comprado la cafetera que anuncia George Clooney, ésa que lo hace todo en un santiamén y de distintos sabores. El caso es que dejó de pedirme mis deliciosos cafés durante una temporada.

Pero las máquinas se estropean y las cafeteras plateadas de mango negro y que hacen "grugrugru" al sacar el café, duran y peduran per secula seculorum. Así que imagino que quería volver al sabor tradicional y volvió a demandar el oscuro y estimulante líquido que yo preparaba.

Lo que él no sabía es que mientras estuvo ausente me diagnosticaron hipertensión.
"He dejado la cafeína", fue mi respuesta. Nunca volví a saber de él.

Bueno, sí. Me lo tropecé una vez con su mujer en una cafetería. Tiene gracia.
(Si ya sabía yo que a ése en su casa no le hacen el café como Dios manda).

20.3.09

No pudo ser.




No me quiso para siempre el niño inocente que era. El primero.

Tampoco el que llegó después. Nunca me dio su pelo rubio y sus ojos azules. El iniciático.

La misma suerte corrí con el tercero, el más duradero y quien me dejó el peor recuerdo. El desequilibrado.

Cuando llegó él, el cuarto, las cosas no fueron distintas. Me dejó el alma exhausta. El terrorista psicológico.

Ni siquiera el único que me atrapó por su cerebro pudo quererme. El adictivo.


Me preguntan a veces que si creo en el amor... Qué quieren que les diga. He llegado a la conclusión de que es una alucinación, parece que es algo que sólo puedo ver yo.
Y mi respuesta, claro está, es siempre que no, aunque sea mentira.

No me vayan a tomar por loca...