11.6.08

Exorcizando un sueño


Me desperté... la habitación estaba a oscuras. La casa estaba extraña. Esa noche dormía en la cama de mis padres. A veces, cuando me quedo sola en casa, me da tranquilidad dormir en el cuarto de mis padres.
Noté una oscuridad que no me gustó y, con un extraño nerviosismo, me levanté y me acerqué al interruptor para dar la luz. Sentía ese miedo extraño de las pesadillas en las que uno sabe de antemano que no va a encenderse y que va a sentir terror. Lo toqué, nerviosa... y la luz no se encendió.
Impaciente, salí al pequeño pasillo, intentando encender la luz del baño.
- Sólo quiero luz, luego ya pensaré en cómo tranquilizarme.
Tampoco había luz en el baño. Opté, ya con la respiración entrecortada, por encender la del pasillo. Sabía que tampoco se encendería y así fue. Sentía un mareo muy extraño, apenas podía mantener el equilibrio.
Apoyándome de las paredes, con un miedo que me hacía sollozar sin poder llorar, fui poco a poco hasta la puerta de la calle. Me faltaba el aire.
Miré fugazmente el cuadro de las palancas cerca de la puerta y me di cuenta de que iba sólo con calcetines, así que preferí no tocarlo.
- Te electrocutarás si lo tocas - dijo una extraña voz dentro de mi cabeza.
Salí al rellano, me di cuenta de que sólo llevaba puesto una camiseta amarilla y los pequeños calcetines, pero el miedo me impedía volver a entrar en mi casa. El rellano también estaba totalmente a oscuras, mínimamente alumbrado por la luz de la luna que entraba por la ventana de la escalera. Bajé los escalones con dificultad pero muy rápido y empecé a notar que me faltaba más aún el aire. Tenía la certeza reveladora de los sueños de que me iba a dar un infarto.
Llegué al patio del edificio, el enorme patio lleno de árboles oscuros que parecen cobijar pajaritos y mariposas por el día y monstruos de noche. Hacía viento, muy fuerte y ruidoso y me daba miedo el murmullo de las hojas y las ramas de los árboles. Tenía que darme prisa o moriría de un infarto en medio del patio, de madrugada, asustada, con frío, como nunca quise morir: de noche y sola.
- Así no, por favor- pensé aterrada - No aquí.
Intenté acelerar el paso. Me dolían los pies de pisar las pequeñas piedras del patio, notaba claramente el dolor punzante clavándose una, luego, otra, pero lo único que me importaba era llegar al Centro de Salud que hay enfrente de mi edificio. En la puerta del patio, la que sale a la carretera, había un niño sentado, jugando ausente con sus propias manos.
"Mi salvación", pensé. Pero también presentía, como en mis pesadillas, que no iba a ayudarme. En mis peores sueños nadie me ayuda. Me miró asustado, lleno de pavor, con los ojos más abiertos de lo humanamente posible. Yo entendía qué podía haber visto en mi cara para que se asustase así, lo pensé con mucha claridad y también con una tristeza desoladora.
- Me estoy muriendo, llama a alguien, por favor- dije a duras penas con la respiración acelerada ahora totalmente y la voz casi afónica. Asustado, huyendo de mí, corrió hacia la calle y sólo pude estirar el brazo para suplicarle sin palabras que no me dejara allí. Notaba la muerte tan cerca ya...
Vi el Centro de Salud tan cerca... así que decidí hacer el último esfuerzo para llegar a la puerta y que me recogieran allí. Crucé la calle agarrándome el brazo izquierdo ya paralizado, a tropezones y, muerta de terror (porque eso era lo que sentía: terror), llegué a la puerta. No había nadie. Nadie en ninguna parte. La calle también estaba a oscuras, como en todas mis pesadillas. Una oscuridad más tenebrosa que la verdadera oscuridad; una oscuridad llena de soledad y de miedo. Vi la puerta de una casa cercana y decidí tocar el timbre. Oí las 4 campanadas del reloj de la iglesia, eran las 4 de la madrugada, pero yo tenía que buscar ayuda.
Me abrió un hombre de unos 50 años, tal vez algunos más, apoyado en una muleta de hierro. Me miró, interrogante, algo asustado en un principio. Cuando intenté explicarle que llevaba un buen rato sin poder respirar y que iba a morirme, la voz no salió de mi garganta. Movía los labios y no salía nada.
- No, ahora no puedo quedarme sin voz. Por favor, que salga la voz, por favor, Dios, ¡¡haz que pueda hablar!!
El hombre me miró y su mirada cambió a la maldad pura. Supe que creyó que le estaba gastando una broma y vi cómo su boca empezaba a abrirse y empezaba a gritar. Me aterroricé de oír los gritos, unos gritos fuertes, con la voz quebrada de la rabia. Era una voz atronadora, como si hubiesen puesto el sonido a menos revoluciones, se oía lento y grave, pero a un volumen ensordecedor. Vi cómo empezaba a blandir la muleta, también como a cámara lenta, cada vez más fuera de sí, mientras yo seguía sin poder articular una palabra, apretándome la garganta en un último esfuerzo de poder hacer algún sonido. Pero era inútil. Caí al suelo de rodillas, el brazo izquierdo ya no lo sentía y empecé a llorar. No podía más. Cuando levanté la vista para suplicarle una vez más por mi vida con los ojos vi que había agarrado la muleta con las dos manos y la tenía levantada para matarme con ella. Su cara se había transformado; si el odio tuviera cara, sería la cara misma de aquel hombre, estoy segura. Levanté el brazo que podía mover, para cubrirme la cabeza del golpe que me venía encima y noté que mi voz por fin salió.
- ¡¡Ayúdeme!!
... y pensé que ya era tarde, porque el grito salió justo cuando la muleta me iba a partir la cabeza en dos.
Sólo oí "¡¡Ayúdeme!!", entre sollozos. Fuerte, claro. De hecho, fue mi propio grito el que me despertó.
Estaba en la cama de mi madre, con el brazo izquierdo debajo de mi cuerpo, entumecido por completo. La cabeza pegada a la almohada boca abajo, no podía respirar... y oscuridad.
Noté que el corazón se me iba a parar y que tenía la cara llena de lágrimas. Me levanté como pude, sin sentir el brazo e intentando coger aire a bocanadas. Sentía todavía el pánico de la pesadilla. Tenía todavía miedo de que el corazón se me parara. Y sentí miedo de saber que estaba sola en casa, de que me había levantado de la cama, como en mi pesadilla, de caminar hacia la puerta, de ver el pasillo a oscuras, igual que hacía un rato en el sueño, era una réplica exacta de cada detalle de lo que acababa de soñar.Me acerqué al interruptor rezando, con el corazón galopando y los sollozos de niña pequeña, muerta de miedo.
- Por favor, que se encienda la luz...
Amaneció. Desperté con la cabeza tapada como una niña pequeña y, junto con la luz del Sol que se colaba por la persiana, noté la luz artificial de la bombilla, con la que había dormido encendida a partir de las cuatro de la mañana.


(Esta locura sin sentido fue una pesadilla que tuve en Marzo de 2007. Necesitaba exorcizarla porque no he logrado superar aquel miedo todavía. Después de esa noche, estuve una semana con casi 40 de fiebre y migraña aguda. 7 días sin poder casi andar por los mareos y el dolor insoportabe dentro de la cabeza, como una pesadilla constante. Prefiero pensar que la pesadilla ocurrió por el extraño virus que dijeron que estaba incubando... y no al revés)

7.6.08

Guapos de una época

Creo que soy más vieja de lo que quiero pensar. Buscaba imágenes de todas quellas caras que marcaron mi infancia. Unos cantaban, otros aparecían en series o películas y todos eran guapos oficiales. No siempre estuve de acuerdo porque mis gustos siempre se han calificado de "raros" entre mis amigas, que aseguran que jamás pelearemos a causa de un hombre porque nunca coincidiremos en gustos. Los de mi quinta, ¿se acuerdan de..?


El cantante Iván. Sólo recuerdo una canción que fuera un bombazo, sería por la edad. Era un ángel rubio con mirada inocente y voz de "castrato". Por mucho que me empeñé no encontré imágenes suyas en la actualidad, pero lo vi en un programa de TVE donde cantó el éxito de entonces y parecía su propio abuelo. Calvo cual bola de billar y dos Ivanes dentro su cuerpo.
El tiempo... que no perdona.


David Hasselholf, "Maiquelnái" para todos los de mi época y "michbucanan" para los más recientes.
Aquel verano en que pasaron por televisión "El Coche Fantástico" fue el primer verano en que no bajaba a la piscina o a la playa a mediodía. Era como ir a misa. Con aquella cabellera ochentera que tanto daño hizo a la imagen de muchos guapos y guapas, vestido de cuero de pies a cabeza como un demonio moderno. El pobre Michael Knight, un hombre sin vida sexual ni social. Todo el día a bordo de aquel coche endemoniado que no dejaba de hablar y, quién no pensó que este tío era idiota... Si el coche se conducía solo, para qué leches cogía él los mandos. Si es que estaba claro que iba a acabar paseando medio desnudo en una playa con un flotador rojo donde la gente se ahogaba a dos metros de la orilla. Por cierto, qué playa más rara: era de arena, pero el fondo de piedra ¿se acuerdan?
A David Hasselholf lo grabaron sus hijos borracho perdido, comiendo comida del suelo y ahí acabó lo poco que le quedaba de imagen. Bastantes años que disfrutó de ser guapo oficial. Hala.



Kirk Cameron, guapo oficial donde los hubiera en los años 80. Se hizo popular con la serie "Los Problemas Crecen", donde hacía el papel de hijo reblede de un psiquiatra y una periodista. La familia perfecta de los sitcoms yanquis. Pero, ojo, analizando el papel del chaval en la serie, menudo futuro le podía esperar. Mentiroso, patrañero, gigoló, metía en líos a todo a aquel que tocaba o se topaba por el camino. Al final sus papaítos le daban el sermón moralista de esas series y él fingía aceptarlo y ser mejor persona. O bien acabó de quinqui esquinero pidiendo dinero a su hermana la empollona para sus trapicheos o bien acabó de presidente de Estados Unidos. Pero los grises no existen para las personas como el chavalito que representaba en la serie. Guapo antes, guapo ahora. Nunca se ha sabido de nada importante en su carrera después de aquello... pero sigue de buen ver el muchachito.


Tino, de Parchís. Para todos era el guapito del grupo. A mí me gustaba el rubio que hacía de dado, qué quieren que les diga. Me vestí con 8 años de ficha amarilla en Carnaval y en el instituto de ficha azul en una Escala-en-Hifi.
Tino era la ficha roja, el líder indiscutible del grupo de canciones tragables sólo por los niños que éramos entonces, inocentes y con menos de ni puta idea de nada de la realidad de la vida. Eso sí, no me arrepiento de haber sido niña cuando me tocó serlo. ¿Acaso no piensan en las caras de esos cinco enanos cuando ven un parchís de verdad? La ficha roja siempre será Tino, la amarilla, Yolanda, etc.
Intentó una carrera en solitario, pero ya se sabe, hay roles que uno no se quita de encima jamás y que son un arma de doble filo a a larga (piensen el trauma que me llevé cuando vi que House era el padre de Stuart Little. O imaginen a William Petersen, Grissom en C.S.I, haciendo otro papel). El pobre, con sus canciones para adolescentes no se comió nada. Todos querían que se vistiera de rojo y diera saltitos.
Perdió un brazo en un accidente, donde un camión se lo llevó de cuajo por llevarlo por fuera de la ventanilla. Creo que ahora trabaja en una agencia de publicidad o algo de eso leí no hace mucho.
Ni fue guapo en su momento ni lo es ahora, al menos para mí. Pero será siempre la ficha roja... Oye, a otros más guapos y mejores no los recuerda ni su madre.
Richard Dean Anderson, ese pimpollo peludo que con una oveja y un cocodrilo se hacía un suéter de Lacoste en menos que cantaba un gallo. Sin llegar al extremo de las hermanas de Marge Simpson, sí reconozco que me enganché los Sábados por la tarde a la serie. Lo que nunca logré entender es cómo siempre lo hacían prisionero en almacenes llenos de cables, motores, destornilladores, tachas y martillos por doquier. Yo cogí Electrónica en el instituto por no tener que estudiar y para aprender todas esas cosas que a MacGyver tan bien le resolvían la vida. Me quemé un dedo con un soplete y me cambié a Francés. Está mejor de madurito que de guayabo. Sí señor.
Michael J. Fox. Ese eterno jovencito por el que los años parecían no pasar. También saltó a la fama con una serie yanqui que no logro recordar, aunuqe su salto definitivo a la fama lo consiguió con la saga de aquel bombazo, intragable hoy, de "Regreso al Futuro". Recuerdos las discusiones sobre el título, que debía ser "Regreso al Pasado", pero no: estaba correcto. La película se desarrollaba en una época pasada a la que se trasladaban con aquella mierda de pseudo-deportivo tuneado al máximo y debían volver al "futuro" visto desde aquellas épocas, que era en realidad el "presente". En fin, allá ellos y sus títulos. En inglés el juego de palabras tenía más sentido.
Después de la saga hizo una serie que se desarrollaba en la Casa Blanca. La pasaban por TVE, en la 2, pero no triunfó.
Los años sí que han pasado por él, aunque el Parkinson no le ha beneficiado en nada a su imagen.
Fue un guapito oficial al que también se le pegó un papel cinematográfico del que nunca ha logrado desprenderse, cosa mala.
Juan José Artero, Javi de Verano Azul. Otro guapo oficial que a mí no me gustaba. Me gustaba Quique, lo que yo digo. La rarita en gustos. A ése sí le ha ido bien. Antonio Ferrandis fue Chanquete hasta su muerte y eso que era el protagonista de la película de José Luis Garci que se llevó un Óscar, "Volver a empezar". Pues nada, Chanquete forever.
Juanjo Artero ha triunfado y sigue triunfando como policía en la serie "El Comisario", aunque a veces uno no puede evitar pensar que es el mismo Javi de mayor, que se hizo madero y ya está.
Nunca me pareció guapo. Esas pintas que tenía en Verano Azul de mariquita melenuda y la pinta de ahora de chulo de playa... No, Javi... digo, Juanjo, no.

Qué decir de José Luis Fernández, nuestro Pancho de Verano Azul. Joder, esto es la otra cara de la moneda. Muchas leyendas urbanas han corrido desde entonces sobre su persona: desde drogadicto a sidoso pasando por todo lo que se puedan imaginar. Lo que sí parece ser cierto es que sufrió una esquizofrenia juvenil de la que no se ha recuperado. Hacía el papel de niño del pueblo, desgraciado perdido, que vivía con unos tíos que lo trataban de un modo digno de denuncia hoy en día. Explotado laboralmente y maltratado física y psicológicamente. Recuerdo el capítulo donde Pancho aparecía con una coneja en la cabeza de agüita y contaba, entre las risas de todos los demás, que su tía le había dado un sartenazo en la cabeza. Que lo haga ahora, la bruja, para que vea dónde acaba.
Un chiste muy cruel contaba que Javi había acabado en "Policías" y Pancho en "Chaperos".
¡¡Un respeto a los ídolos de la niñez, hombre!!
David Summers, el cantante de Hombres G. Dios mío, lo que cambian las cosas y los gustos. ¿Se han parado a escuchar cualquiera y digo CUALQUIERA de las canciones de los Hombres G?
David Summers era el niño pijo hijo de Guillermo Summers, un humorista director de cine, que le dio entrada en un programa de televisión para que cantara con su grupo el tema "Venecia" y de ahí en adelante todo vino rodado. Años de éxito con canciones disparatadas, románticas y algunas un poco "porno" para la moralidad de los 80 que, aunque no lo crean, era mucha.
Con sus polos Lacoste, sus vaqueros Levi´s y sus zapatones, se metía en sus canciones con los pijos... tenía guasa el tío. Ni siquiera sabía cantar. A día de hoy, sigo sin entenderlo. Y que conste, que yo me las sabía todas, a ver quién no. Todas mis amigas llevaban sus cintas hasta cuando iban al baño y por repetición entraron todas en mi cabeza. A mí me gustaba Rafa, el guitarrista, un golferas de pelo de punta.
Hoy en día el Summers no está mal, le han sentado bien los años. Cuando decidió sacar otro disco después de tantos años, me di cuenta de que sigue siendo el mismo insulso de siempre. No me molesté ni en piratearlo. Algunas canciones antiguas sí, para las fiestas, que hacen mucha gracia cuando una lleva unos rones de más encima.
Dios mío, Pierce Brosnan. Éste es como el vino, mejora con los años. Saltó a la palestra con la serie Remington Steele, donde interpretaba el papel que mejor le va: embaucador encantador de serpientes. Era un criminal de poca monta, un "ladrón de buen corazón", como El Dioni, pero dos millones de veces más guapo... o tres millones, sería más correcto. Aparecía de casualidad en la agencia de detectives que llevaba una mujer y se hacía sueño y señor del cotarro, eso sí, por ayudar a la pobre muchacha. Después de infinitos capítulos donde resolvían todos los crímenes, por fin se lían. Como en "Luz de Luna", ¿se acuerdan? Ya pasábamos directamente de los casos que resolvía Bruce Willis, estábamos totalmente desesperados porque se enrollara de una maldita vez con la rubia de la nariz repingona, otra belleza de la época, la mujer.Pierce no dejó de triunfar y el papel de Remington Steele no le hizo mucho daño en el futuro. Más bien lo benefició... ¿o fue su cara? El caso es que ha sido uno de los James Bond más exitosos de todos, que no son pocos. Ay, Piercito, ay...

Tom Hanks. Con la cara de pringado que tenía en los 80 se metió en el bolsillo a medio mundo. Las chorradas varias tipo "Socios y Sabuesos" o "1, 2, 3... Splash" lo llevaron a la fama en aquella época en la que las pelis, cuanto más absurdas y surrealistas, mejor. De ser el mejor amigo de un perro, pasó a tirarse un pez encarnado por Daryl Hannah. ¿y la gran babosada romántica que interpretó con la cansina Meg Ryan en "Algo para Recordar"? Afortunadamente para él, en los 90 se le brindó la oportunidad de su vida en la película "Philadelphia", que abordaba el tema del SIDA en una sociedad que no estaba preparada ni informada. Con la canción de Bruce Springsteen, fue un exitazo de taquilla y de todo que dio un giro a su carrera, gracias a Dios. Después de eso empezó a ser uno de los mejores actores de Hollywood, pese a quien pese. "Forrest Gump" y "Naúfrago" le dieron dos Óscars que parecen haberle borrado la cara de pringado con la empezó a triunfar. Y lo peor, que con aquella cara se le considerara uno de los guapos oficiales. Eso sí, un guapo gracioso.


Guapos o pseudo-guapos de una época, de mi época. Ay... qué recuerdos...

5.6.08

Pronombres con nombre... Breve historia de una decepción


YO éstaba sola. Me sentía perdida, abandonada.

TÚ estabas sentado en tu toalla, como tantas veces a lo largo de toda mi vida y de la tuya. Pero ese día me estabas esperando. Yo no lo sabía; tú tampoco.

ÉL se había ido.

NOSOTROS teníamos un lazo vital, pero ese día empezó a reforzarse. Te conocí de nuevo. Mejor. Imprescindible.

ELLOS me advirtieron que me cuidara. Que no confiara en ti.


YO no hice caso. Me entregué entera.

TÚ me hiciste feliz cuando no tuviste otra cosa que hacer.

ÉL pasó a ser olvido.

NOSOTROS no necesitábamos nada más ni nadie más. Nuestro pequeño pero (yo no quería saberlo) efímero mundo. Con eso bastaba.

ELLOS se preparaban para verme sufrir.


YO desperté con el Otoño.

TÚ te fuiste para no volver.

ÉL se alegró de que te marcharas y me dejaras sola.

NOSOTROS dejó de existir.

ELLOS no me entendieron.


YO te echo de menos.

TÚ me olvidaste.

ÉL me olvidó.

NOSOTROS ya no hablamos. NOSOTROS ya no nos vemos. NOSOTROS ya no somos nosotros.

ELLOS nunca supieron lo que ocurrió.


Nunca olvidaré cada momento de ese verano.

Nunca me cansaré de intentar olvidar todo lo que ocurrió después.

20.5.08

Hombres ( Inspirado en las "Mujeres"* de Helio)



El papel de los hombres de mi vida es algo que me había planteado durante mucho tiempo, pero en imágenes, nunca en palabras. Y aquí estoy de nuevo, intentando dibujar a golpe de letra lo que soy incapaz a trazo de lápiz.


Mi primer hombre fue mi padre. Una vez me hicieron dibujarlo en el colegio y dibujé un ser enorme, sonriente y con las cejas muy pobladas. Aún lo veo así. Grande. Al crecer yo, me he dado cuenta de que no es muy alto, pero ¿qué importa la altura de tus ídolos? Mi padre tocaba la guitarra todos los días y yo bailaba a su alrededor. Desde pequeña aprendí canciones de Víctor Jara, de Víctor Manuel, de Antonio Molina...
Me enseñó el alfabeto griego siendo yo muy pequeña. Lo recuerdo recitándolo "alfa, beta, gamma, delta..." y yo me lo aprendí, haciendo las delicias de algunos profesores del colegio.
Se inventaba historias pícaras que me daban ideas de cómo hacer picardías. Un día nos contó a mi hermano y a mí que él repartía su sueldo y el de sus compañeros y hacía lo siguiente: "Un billete para ti, otro para ti, otro para ti, otro para mí, otro para mí, otro para mí, otro para ti".. Y nos reíamos de lo listo que era nuestro padre y de lo tontos que eran los demás.
Me hacía creer que los locutores del telediario le hablaban directamente a él y él les contestaba. Y me lo creía a pie juntillas. Todo lo que decía mi padre era la verdad. Aún hoy lo es para mí. En su 62º cumpleaños le escribí una carta. Le dije que seguir sus consejos y su ejemplo era apostar siempre por un caballo ganador.
Me miro ahora y veo tanto de él... Todo lo bueno que llevo en mí es suyo.



Otro de mis grandes hombres fue mi abuelo Vicente, mi abuelo materno. Un hombre de piel morena, ojos verdes, pelo blanco como de plata y olor a jabón. Sus dedos eran grandes, duros. Con esos dedos apagaba los cigarrillos Krüger que se iba fumando poco a poco.
Su paraíso terrenal era una casa en Teror. "La casa de Teror". Tenía un patio precioso, con un techo hecho de parras, con los racimos de uvas enormes y frescos colgando de ellas. Me asustaba oírlo salir de noche gritando a los intrusos que entraban a coger las apetitosas uvas.
Tenía una risa muy bonita, contagiosa, aunque se le notaba que fumaba al reír. Me daba 25 pesetas todos los domingos y si uno de eso domingos no pasaba por su casa, me decía el lunes, asombrado: "¿Ya no vienes a cobrar?". Y abría su cartera y sacaba la moneda de 25 pesetas y me la ponía en la mano como si me la mereciera. Mi abuelo Vicente, "El Caminero", como todos lo conocían en el pueblo murió cuando yo tenía 12 años. La última vez que lo vi fue en Hospital Insular, en la habitación 420. Tenía los ojos muy amarillos por la enfermedad y le estaban pinchando en el culito.
Todavía no sé por qué, pero antes de dejar el hospital me colgué de su cuello y lo abracé mucho y le dije "ay, abuelito, qué guapo eres". Y entraba una y otra vez a la habitación a abrazarlo de nuevo antes de irme. Y se reía y me abrazaba. Dos días después, un martes 12 de febrero de 1985 nos dejó una ausencia que aún no se ha curado en mi familia.


Mi abuelo César, mi abuelo paterno. Digno padre de mi padre. Un calco de carácter, de picardías, de enfados y de rectitud. Fue también Guardia Civil, como lo es mi padre. Era extremeño, vivía en Madrid, pero durante muchos años vino a vivir a Las Palmas. Me contaba en nuestros paseos por Agaete que, El Dedo de Dios, por las noches, se cerraba, que se encogía para descansar. Un anochecer, tenía yo 9 años, me quedé a ver cómo se cerraba el Dedo. Y me fui defraudada porque allí permaneció impasible hasta que lo perdí de vista y me volví a mi casa de Sambrano sin ver el espectáculo.
Si pasaba un calvo a nuestro lado, se agachaba y me decía bajito al oído "Ése que ha pasado no tiene un pelo de tonto" y me tenía que tapar la boca para aguantar la risa, por si el calvo nos oía. Con los años se quedó calvo él y yo le daba besos en la cabecita morena y pecosa y me regañaba en broma diciéndome "Quita, maja, que me despeinas".
Murió a los 74 años, sólo cuatro años después que mi abuela, de un cáncer fatal de pulmón y de corazón. El pulmón se lo pudrió el tabaco. El corazón se lo llevó mi abuela al morir. Decía mi padre que a veces tenía la impresión de que "la vieja está tirando de él para arriba". Parece que tenía razón. La última vez que lo vi fue en Hospital Militar de Gran Canaria, en febrero de 1994. Yo tenía 21 años. El día que se inaguró el Mundial de Fútbol de Estados Unidos, también me dejó. Cuenta mi madre que se fue en paz, que veía mariposas en la habitación.


Don Clemente, mi profesor del colegio. Un hombre alto, muy guapo y que ganó el respeto de toda la clase durante todos los años que fue casi nuestro segundo padre. Nos enseñó Matemáticas a un nivel que casi forzó a la mayoría de los alumnos a ser gente de Ciencias en el futuro. Yo y mis nalgas conocíamos muy bien la dureza de un palo de madera, cuadrado, y que tenía un metro por uno de los lados y en los otros tres la frase "Si pierdes esto, olvídate" en tres idiomas. Yo soy de Letras, como mi padre y jamás puse el mínimo interés en cualquier cosa que semejara de lejos un número. Me enseñó y me cuidó desde los 9 años hasta los 14 y fue también maestro de vida, como los buenos profesores. De una calidad humana enorme, es una figura imprescindible en todos los que fuimos alumnos suyos. Nunca le agradeceré lo suficiente todo lo que sé y llevo grabado a fuego en mi mente desde aquellos años, aunque algunas de esas cosas entraran a base de palos y nunca mejor dicho. Perdonado cada uno de los golpes, don Clemente. Muchas gracias.


Colacho, mi primer gran amor fue otro de mis hombres. Me enamoré de él cuando yo tenía 18 años y él 16 sin cumplir. Lo elegí a dedo, bromeando con una amiga y finalmente fuimos novios, entre idas y venidas, durante tres años. Tenía un carácter fuerte, era recto. Yo lo admiraba. Como tantas veces a lo largo de mi vida, su olor me atraía y aún lo recuerdo. A ropa limpia. Por la inmadurez de los dos, nunca nos tratamos como debíamos ni nos comprometimos como tuvimos que hacerlo. Hoy día nos queremos mucho, nos tratamos poco, nos vemos a menudo y siempre nos damos golpes en la espalda y un abrazo cuando nos encontramos. Jugaba al voleibol, odiaba el tabaco y era un amante de todo lo canario. Nunca me llegó a besar como un hombre, sino como un niño inocente. Incluso cuando lo volvimos a intentar tras 9 años de separación, seguía siendo el mismo que dejé casi una década atras. Yo había cambiado mucho. No funcionó.


Gustavo, una belleza rubia de ojos azules fue el otro hombre importante para mí. Fue quien hizo que me separara de Colacho. Nunca me correspondió. No tengo ninguna historia que contar sobre él, nunca compartimos nada, nunca nos llevamos bien. Pero después de 15 años, sigo pensando que fue uno de los hombres importantes de mi vida. Con él fue con quien supe lo que era sufrir por amor. Y lo que era la pasión. En las pocas ocasiones que hablé con él, le describí lo que sentía por él como "un fuego". Era pasión, pero yo no sabía darle nombre. Llegó a mi vida con su pelo largo rubio, con sus ojos azules, con sus vaqueros y sus camisetas de colores, su olor a champú Johnson´s y su sinusitis crónica y sin darme nada, me lo quitó todo. Así de simple, así de absurdo. Nos vemos todos los días. Apenas nos saludamos. Nunca hemos vuelto a hablar más de cuatro palabras seguidas desde aquellos años.
Álvaro, el primo más pequeño que tengo. En el momento de escribirle estas palabras tiene seis años. La trayectoria se resume en dos miradas: cuando no hacía ni veinticuatro horas que había nacido, me miró fijamente a los ojos. Todos dicen que miran y no ven, pero sentí que me traspasaba. Le dije, tocándole la minúscula nariz: "me parece que tú y yo nos vamos a llevar muy bien", y así fue.
La segunda vez que me miró estaba en su carrito y yo le cantaba un arrorró a ver si se dormía. Giró la cabeza hacia atrás y me miró, intrigado de aquella voz que lo arrullaba. Desde ese momento me enamoró.
La primera vez que dijo mi nombre me acariciaba la cara suavemente y tenía el chupete puesto, pero se le adivinaba la sonrisa en los hoyuelos de su carita y en los ojos, chispeantes. "Ataya", fue lo que dijo. No pude dejar de llorar durante horas.
Nos ha dado mucho, a mí me ha llenado de enseñanzas, de cariño y de felicidad en cada momento que he compartido con él. Temo el momento en que pierda la sensibilidad con la que nació y que demuestra a cada momento. Por eso lo exprimo cuando tengo la oportunidad de verlo. Una vez más, pequeño, gracias por haber nacido.


Y Manolo, mi mejor amigo, mi "hermano". Qué puede decirse de alguien que SIEMPRE está ahí cuando lo necesitas. Con una conversación incansable, con un espíritu tan parecido al mío. Hemos soñado tanto juntos... Hablé hace un rato con él, como cada día. Los dos siempre hechos un lío, pero el solo hecho de oírlo o hablarle lo hace todo más fácil. Una imagen constante desde mi infancia y un amigo desde hace muchos años. Por muchos años, para toda la vida.


Helio califica a sus mujeres como parte de lo que es hoy en día. Cómo no darme cuenta de que soy lo que soy por muchas cosas, muchas personas. La ternura de mi madre, el cariño de mis primas, la adoración por mi prima Cristina, la comprensión de mi tía Loli...


Y la picardía, la inteligencia, el amor por las letras y el arte de mi padre, todos y cada uno de los recuerdos de mis abuelos, la inocencia de Colacho, la pasión y el desamor de Gustavo, la sonrisa de Álvaro, la amistad incondicional de Manolo... Qué sería de mí sin ellos, los hombres de mi vida.


No sería la mujer que soy, con mis grandes virtudes y mis mayores defectos, sin mis hombres... Por lo bueno y lo malo...Gracias a todos.

26.4.08

El Scattergories es mío y me lo llevo.


No aceptamos "amistad" como esclavitud constante.

No aceptamos "amor" como mentiras consecutivas.

No aceptamos "comprensión" como forma de zanjar una conversación sólo para que el otro se calle.

No aceptamos "perdón" como manera de esconder el odio.

No aceptamos "diálogo" como la sucesión de gritos e insultos al que tienes enfrente.

No aceptamos "ayuda" como limpieza de conciencia.

No aceptamos "compañía" como vampirismo.

No aceptamos "carácter" como soberbia y pedantería.

No aceptamos "ego" como pisotón a la dignidad del que tienes al lado.

No aceptamos " indiferencia" como las críticas y humillaciones a la espalda.

No aceptamos "arrepentimiento" como miedo a que sepan cómo somos realmente.

No aceptamos "error" como un hecho que volveremos a repetir.

No aceptamos "apoyo" como una llamada al móvil.

No aceptamos "gente" como rebaño.


No acepto nada de eso. Así que, como el Scattergories es mío, me lo llevo.

Ahí se quedan.


(Los árboles no te dejan ver el bosque. Sí a la tala)

20.4.08

Una espectadora privilegiada (Dedicado a Una, esté donde esté)





Detrás de mi casa hay un estanque. Es un estanque cuadrado, en el que entra agua cada pocos días. En él suele flotar algún papel olvidado de alguna golosina y una pelota azul con pentágonos negros, extraviada de las patadas de algún niño. A veces está muy vacío, parece que va a secarse del todo, pero una noche cualquiera, cuando ya estoy a punto de dormirme, oigo el agua llenándolo de nuevo.
Algo tan simple como un estanque puede convertirse en algo tan tuyo como cualquier otra cosa que ves cada día, que vigilas, que ves cambiar... Así que "el" estanque, tras cinco años de vivir en esta casa, ha pasado a ser "mi" estanque. Sé cuando está vacío por los mosquitos extraviados que vienen atraídos por las luces de las casas y se cuelan en nuestros cuartos, mareados y ruidosos. Sé cuándo estará lleno porque la música constante del agua me acompaña hasta que me duermo.
Una vez escribí sobre él y sobre la luna que nada en él. Me llamaba la atención el reflejo de la luna, tan oscura y sucia en el agua y tan brillante y alta en el cielo. Escribí que era como las personas. Cómo algo puede ser tan sublime, inalcanzable y misterioso y dejarse reflejar en aquellas aguas tan turbias...
Pero mi estanque es aún más especial desde que llegó Una.
Una es una garza blanca que llegó un día de no se sabe dónde y, aprovechando el lugar, aislado y sin gente alrededor, lo tomó como su casa. Yo no sabía que las garzas huyen de un lugar para siempre si no se saben solas en él. Pero así es.
Al principio me asomaba a la ventana a observar lo que hacía, lo que tardaría en echar a volar. Los días siguientes me asomaba simplemente a verla porque ya sabía que estaría allí. Con el tiempo ya le puse nombre: Una. Qué mejor nombre para ella que estaba siempre sola.
Cuando me di cuenta, Una ya formaba parte del paisaje que se ve desde mi ventana.
De día, Una caminaba dentro del agua que le cubría apenas la mitad de las patas. Avanzaba con pasos lentos, vigilantes, mirando y esperando el momento oportuno de cazar algo que había en el agua. Seguramente insectos porque tras la llegada de Una estuve aprendiendo sobre las garzas y sé que unas se alimentan de peces y las que no, son insectívoras. En mi estanque no hay peces, así que Una se alimentaría de toda esa clase de pequeños insectos voladores y nadadores que merodean por allí.
Me encantaba verla doblando una pata, con la otra dentro del agua; esperaba unos segundos antes de dar el siguiente paso, hasta que hundía rápidamente el pico en el agua seguramente para coger los bichitos que andan por la superficie.
Por la noche, el espectáculo era bien distinto: Una permanecía quieta, esbelta, con el pico hacia el cielo. Si la luna era nueva, se veía el resplandor de sus plumas blancas en medio de la noche. Si la luna era llena, se veía su silueta, como dibujada, oscura, preciosa.
Otros días soplaba un poco el viento y movía la pelota dentro del estanque, la gran pelota azul que se movía torpemente movida por el aire y Una la esquivaba una y otra vez, paciente, siempre con los mismos movimientos.
Algunos días, Una desaparecía del estanque y yo sin faltar ni uno solo, me asomaba por si había vuelto, hasta que aparecía una mañana como si nunca se hubiese ido y todo volvía a estar en su sitio.
Hace unas pocas semanas estaba en mi cuarto, era un sábado por la tarde.
Me asomé a la ventana para ver a Una... pero de repente, Una abrió sus alas, las agitó con el torso hacia adelante, movió un poco el agua y levantó el vuelo. Pasó a escasos metros de mi ventana, haciendo un giro imposible a pocos metros de mi cara. Sentí como se me ponían los pelos del brazo de punta mientras Una volaba cada vez más alto, más deprisa... y desapareció.
Pensé que volvería, como las otras veces. Cada noche veía la luna quieta, la pelota bailando lentamente en el agua y el estanque más oscuro que nunca. Todo aquello que me había inspirado tanto antes, ahora estaba vacío sin Una.
Hace unos días entraron unas excavadoras en los alrededores del estanque. Unos hombres palpaban la tierra y se asomaron al estanque, escudriñándolo. Empezó el ruido, levantaron la tierra, pusieron unas vallas y dejaron montañas horribles de tierra, como escombros al pie del estanque. No sé qué pretenden hacer ahí abajo. Pero la inspección que hicieron del estanque no me hace suponer nada bueno.
Entonces supe que si Una pensaba volver a casa, ya no lo haría.
Fui una espectadora privilegiada durante mucho tiempo...
La echo de menos.
Pero, caray... menuda despedida.

(Qué sensación la de sentirse parte de un mundo perfecto, aunque sea desde una ventana)

15.3.08

"No entiendo que acabáramos follando"




- ¡¿Serás gilipollas?! - fue lo último que oyó Álvaro antes de cerrar la puerta del apartamento. La había echado a la calle con el sujetador a medio abrochar y un sola bota puesta. El resto de su ropa la llevaba atropelladamente en la mano y las minúsculas bragas que ella había elegido para la ocasión, recordó más tarde haberlas visto sobre su pelo aún despeinado, donde fueron a parar cuando se las lanzó con rabia antes de darle un último empujón hacia la puerta de la calle.




Él se relamía aún recordando el revolcón con la chica de hacía unos días. La experiencia había sido una de las mejores de los últimos tiempos, en que ya había empezado a perder la esperanza de encontrar un buen polvo o, al menos, una que la chupara bien, como aquella bestia a la que apodaría "la faquir" por razones obvias. Nunca había podido desprenderse de aquella manía de dar apodos a las tías que se follaba. Estaba "la sirenita", con la que había echado uno de sus polvos más incómodos, nada menos que en una playa llena de rocas enormes, encima de una de ellas. Se acordaba de "la silver", a la que había llamado así por el caballo del Llanero Solitario, un especimen raro a la que sólo le gustaba que le dieran por el culo. Se reía cuando se acordaba de "la María Antonieta", que le había confesado que con un sólo revolcón había logrado que ella "perdiera la cabeza". A veces se acordaba de "la bollas", la tía con las tetas más grandes que jamás había visto, al menos en su cama.
Durante un par de días, cosa que era excesiva para él dada la rapidez con que olvidaba a las mujeres que pasaban por su cama, elegía a la chica de hacía unos días para su paja matinal en la ducha. Le gustaba recordar el tatuaje de una abeja peligrosamente posada en la curva que hacía el interior de su pecho izquierdo con el aguijón dirigido a aquel pezón erizado que tenía delante de sus ojos cada vez que la recordaba. Pasaría a la historia como "la Maya" por la dichosa abejita. Pasados el par de días, se cansó de la visión y simplemente la borró de su mente.


Era viernes, tal vez le esperara alguna experiencia nueva y, sin muchas esperanzas, salió a despejarse un poco y a mojar la garganta con algo que no fuera agua y que emborrachara un poco. En el bar de siempre se encontró a la chica de la abeja "picapezones", que le dirigió una mirada esperanzada en repetir el polvo de hacía unas cuantas noches. Pero él levantó la mano a modo de saludo con un poco de aburrimiento y se sentó en la barra dándole la espalda. Pidió su Ballantines y se limitó a recorrer con la mirada, moviendo la cabeza al ritmo de la música, el local atestado de caras desconocidas de niñatas más maquilladas de lo normal y con unos cuerpazos de vértigo, pero sin tetas, para su gusto.


- Joder, la que faltaba- pensó suspirando y enterrando su mirada aburrida en el vaso de Ballantines. Allí estaba la mejor amiga de la abejita. Pensó en el apodo que podía ponerle a ésta si alguna vez estuviera tan borracho o drogado para llegar a follársela. Además de caerle mal y de tener una conversación realmente insulsa, era el grano en el culo de su amiga, a la que le constaba que no era demasiado leal. Vamos, justo lo que él llamaba "una mierda de tía". Se le ocurrió llamarla "la willy", por el amiguito medio atontado de la abeja Maya. Y se rió solo.


- No es bueno beber a solas, Alvarito - le dijo "la willy" ocupando la butaca vacía al lado de Álvaro.


- Ve a zumbar a otro lado, anda. No estoy para gilipolleces- le contestó sin mirarla dando un sorbo al Ballantines.


- Eh, tranquilo- Le dijo ella molesta - Oye, sólo quería decirte que a mi amiga parece que la has dejado pillada. Debes ser muy bueno en la cama, tú.


- No me apetece tener la más mínima conversación contigo sobre eso o sobre nada. Cuando quieras te demuestro lo bueno que soy y nos dejamos de tonterías - dijo con el fin de ser lo más grosero posible y quitársela de encima.


- Vaya, qué directo, ¿no?


- Hasta luego... - dijo mientras se levantaba y dejaba un billete de 20 euros para el whiskey sobre la barra. Cuando estuvo lejos de ella acabó la frase: "... abejita estúpida".




Álvaro no sabía el efecto de sus palabras en "la willy" que, lejos de recordar el desprecio que él mostraba siempre hacia ella, sólo recordaba el ofrecimiento de un polvo de demostración. Pensó que, después de todo, en el fondo le gustaba un poco y que por eso siempre la trataba con tanta mala leche y que, por qué no, por esa misma razón se había acostado con su amiga. Para disipar la duda de sus propios razonamientos, se propuso que sería ella quien demostrara a ese chulito quién era el polvo realmente.




Al día siguiente, el sábado, misma escena, mismo bar. Tal y como ella había imaginado. Lo vio de nuevo en la barra, esperó a que él acabara la conversación que tenía al teléfono y se acercó, seductora.


- Hola, Alvarito. Con que sigues bebiendo solo, ¿eh?


- Oye, tú es que no pillas el mensaje, ¿no?


- Vale, oye. Si quieres me voy, pero, sinceramente, me gustaría probar eso que dijiste ayer.


- ¿Cómo dices?


- Sí, hombre, lo bueno que eres en la cama...


Álvaro estaba a punto de reírse de "la willy" en su cara, pero miró a su alrededor y sorprendió a "la Maya" observándolo, ya desesperenzada. Lo menos que le apetecía esa noche era aguantar sus miradas clavadas en la nuca. Total, sus amigos ya se retrasaban y estaba hasta los cojones de la música que ponían a aquella hora en el bar para atraer a las niñatas que traían tras ellas a los niñatos bebedores. Miró a "la willy". Realmente nunca le había gustado esa tía. Ni siquiera lo ponía. Volvió a mirar el bar, lleno de gente y vacío de oportunidades y, mirando a "la willy" de arriba a abajo intentando encontrar algo que lo convenciera, pensó que al menos esa noche dormiría tranquilo. Sería como una paja breve pero sin tener que molestarse en hacérsela él.


- Vamos a mi casa. - le dijo


- Vamos- respondió ella satisfecha. Miró a su amiga antes de abandonar el bar y le hizo un gesto que hiciera pensar a la pobre Maya que iban a hablar sobre ella. Ya se inventaría la historia mañana. Ahora por fin iba a follar con Álvaro y eso era lo único que le importaba.
El corto viaje en coche desde el bar a la casa fue silencioso, amenizado sólo por las tres canciones de Marea que sonaron desde que puso el motor en marcha hasta que lo apagó frente al apartamento.
Ya en su cuarto, él fue al grano. Le sacó las botas cuando ella se sentó en la cama. Le desabrochó el vaquero ajustado y lo deslizó piernas abajo hasta quitárselo. No se fijó en el minúsculo tanga que ella había elegido precisamente para esa noche. Se limitó a sacarlo sin ni siquiera mirarlo. Sólo tenía los ojos clavados en los de ella. No la había besado; no la había tocado. Le desabrochó la blusa blanca que antes había desvelado algo de encaje debajo y, seguidamente, el sujetador. Allí estaba, desnuda sobre su cama y aún no la había siquiera rozado. La imagen de verla así frente a él, aún vestido, lo hizo sentir perversamente superior y la idea se la puso dura. Simplemente se desabotonó el pantalón, la sacó y la dirigió a la boca de ella, que lo esperaba sonriente y pícara sentada en la cama, deseando tener todo aquello para ella. Para demostrarle y demostrarse que ella también lo podía sorprender.


- Bueno, no la chupa tan mal- pensaba Álvaro con los ojos cerrados y la cabeza levantada. No era "la faquir", pero menos daba una piedra.


Mientras se la chupaba, ella miraba hacia arriba para encontrar los ojos de él, pero Álvaro no la miraba. Se lo estaba poniendo difícil, pero no se imaginaba la sorpresa que le esperaba.

De repente, paró y él la miró con curiosidad y un poco de impaciencia.


- Túmbate en la cama, Alvarito...


- Vaya, al grano, eso me gusta - dijo él optimista, aunque jodido por aquella manía que tenía de llamarlo "Alvarito".


Ella le puso el preservativo con la boca y se sentó a horcajadas encima de él y empezó a moverse despacio mientras lo miraba. A Álvaro le gustaba la idea de no haber tenido que besarla ni tocarla. Ni siquiera le había tocado las tetas. No era para nada la tía de sus sueños ni mucho menos el polvo de sus sueños. Y volvió a impacientarse cuando ella paró de moverse.


- Otra paradita, joder- pensó resoplando - Habrá que olvidarse de "la willy" y recordarla como "la bus".


Ella se salió de la cama, fue a su bolso y sacó unas esposas. Se las enseñó con una mirada picarona que a él le pareció incluso absurda. Definitivamente aquella tía no lo ponía en absoluto. La seguía teniendo dura, pero sabía que era cuestión de segundos que todo se fuera al carajo. Le encantaba el rollo sado "light", siempre había disfrutado con los juegos sexuales. Había estado esposado, atado, incluso untado en caramelo con los ojos vendados. Y se lamentó de que fuera "la willy" precisamente la que la que le ofreciera el show de dominadora. Le parecía en aquel momento una pobre infeliz que recogía los trofeos que había ganado antes su amiguita. Finalmente, tanta parada y aquel jueguecito de las esposas a esas horas lo acabó por impacientar. Total, ya se le empezaba a bajar; "a la mierda", pensó. Y se incorporó en la cama.


- Paso de este rollo.


- Venga ya. Me han dicho lo contrario... No te pongas difícil, Alvarito.


- A ver si lo entiendes: paso de este rollo CONTIGO.


- ¿Qué? ¿Por qué?- preguntó ella desconcertada.


- Mira, lárgate, ¿vale?- dijo Álvaro impaciente del todo.


Ella no podía creer que aquel rechazo fuera real. Retractarse del juego de las esposas quedaba ya fuera de lugar. E intentar seguir con el polvo era mucho peor. Sintió el calor que le subía desde el pecho hasta las orejas. La adrenalina le recorría el cuerpo, realmente estaba perdida. Y encima desnuda frente a Álvaro, que en un santiamén se había abotonado el pantalón de nuevo y estaba vestido por completo. Y en una casa que no era la suya...


- Venga, Álvaro, tampoco es para...


- Que te largues, tía.- volvió a ordenar él con rabia poco contenida ya mientras iba lanzando toda su ropa en las manos de ella, que apenas abarcaban todo lo que él le iba arrojando.


Ella montó en cólera entre la humillación y el miedo de verse desnuda en el rellano.


- ¡¡¡Eres un jodido psicópata!!! ¡¡¡Hijo de puta!!!- gritaba histérica mientras intentaba abrocharse el sujetador.


Para los nervios y la impaciencia de Álvaro aquello fue demasiado. No la soportaba y oír sus gritos agudos metiéndose en sus oídos era realmente desquiciante. Así que se colocó detrás de ella y la fue empujando hacia la puerta, mientras ella se revolvía gritándole que la dejara vestirse. Álvaro vio sus bragas que estaban tiradas a un lado de la cama y volvió a recogerlas.


- Bonitas bragas, lástima que sean tuyas - pensó antes de tirárselas.


La situación fue realmente vergonzosa para ella, que notó cómo las bragas elelgidas a conciencia para esa noche acababan en su cabeza. Notó la mano fuerte de Álvaro en uno de sus brazos, sacándola finalmente de la casa.


- ¡¿Serás gilipollas?! - gritó justo antes de que se cerrara la puerta detrás de ella.




A la mañana siguiente, Álvaro se levantó, se hizo un café y encendió el ordenador.


- ¿Qué tal la noche?- le preguntó uno de sus amigos, que no lo habían visto por ninguna parte la noche anterior.


- Para olvidar- escribió Álvaro, recordando inevitablemente el numerito de las esposas y la visión patética de "la willy" saliendo a tropezones de su casa.




Se puso "Ausente" en el ordenador. Necesitaba una ducha.


"La Willy" contó a su amiga la conversación inexistente entre ella y Álvaro, en la que Maya quedaba muy mal parada y Álvaro aún mucho peor. Aún sentía el calor pegado a sus orejas mientras improvisaba.


Álvaro se hizo una paja en la ducha pensando en una mezcla imposible entre "la faquir", "la bollas", "la sirenita", "la silver"... para ahuyentar de una vez para siempre la imagen de "la willy" que ahora sí le repugnaba por completo.


Después de correrse siguió con la ducha, meneando la cabeza mientras sonreía incrédulo de sí mismo y empezando a olvidarla: "No entiendo que acabáramos follando".