20.4.08

Una espectadora privilegiada (Dedicado a Una, esté donde esté)





Detrás de mi casa hay un estanque. Es un estanque cuadrado, en el que entra agua cada pocos días. En él suele flotar algún papel olvidado de alguna golosina y una pelota azul con pentágonos negros, extraviada de las patadas de algún niño. A veces está muy vacío, parece que va a secarse del todo, pero una noche cualquiera, cuando ya estoy a punto de dormirme, oigo el agua llenándolo de nuevo.
Algo tan simple como un estanque puede convertirse en algo tan tuyo como cualquier otra cosa que ves cada día, que vigilas, que ves cambiar... Así que "el" estanque, tras cinco años de vivir en esta casa, ha pasado a ser "mi" estanque. Sé cuando está vacío por los mosquitos extraviados que vienen atraídos por las luces de las casas y se cuelan en nuestros cuartos, mareados y ruidosos. Sé cuándo estará lleno porque la música constante del agua me acompaña hasta que me duermo.
Una vez escribí sobre él y sobre la luna que nada en él. Me llamaba la atención el reflejo de la luna, tan oscura y sucia en el agua y tan brillante y alta en el cielo. Escribí que era como las personas. Cómo algo puede ser tan sublime, inalcanzable y misterioso y dejarse reflejar en aquellas aguas tan turbias...
Pero mi estanque es aún más especial desde que llegó Una.
Una es una garza blanca que llegó un día de no se sabe dónde y, aprovechando el lugar, aislado y sin gente alrededor, lo tomó como su casa. Yo no sabía que las garzas huyen de un lugar para siempre si no se saben solas en él. Pero así es.
Al principio me asomaba a la ventana a observar lo que hacía, lo que tardaría en echar a volar. Los días siguientes me asomaba simplemente a verla porque ya sabía que estaría allí. Con el tiempo ya le puse nombre: Una. Qué mejor nombre para ella que estaba siempre sola.
Cuando me di cuenta, Una ya formaba parte del paisaje que se ve desde mi ventana.
De día, Una caminaba dentro del agua que le cubría apenas la mitad de las patas. Avanzaba con pasos lentos, vigilantes, mirando y esperando el momento oportuno de cazar algo que había en el agua. Seguramente insectos porque tras la llegada de Una estuve aprendiendo sobre las garzas y sé que unas se alimentan de peces y las que no, son insectívoras. En mi estanque no hay peces, así que Una se alimentaría de toda esa clase de pequeños insectos voladores y nadadores que merodean por allí.
Me encantaba verla doblando una pata, con la otra dentro del agua; esperaba unos segundos antes de dar el siguiente paso, hasta que hundía rápidamente el pico en el agua seguramente para coger los bichitos que andan por la superficie.
Por la noche, el espectáculo era bien distinto: Una permanecía quieta, esbelta, con el pico hacia el cielo. Si la luna era nueva, se veía el resplandor de sus plumas blancas en medio de la noche. Si la luna era llena, se veía su silueta, como dibujada, oscura, preciosa.
Otros días soplaba un poco el viento y movía la pelota dentro del estanque, la gran pelota azul que se movía torpemente movida por el aire y Una la esquivaba una y otra vez, paciente, siempre con los mismos movimientos.
Algunos días, Una desaparecía del estanque y yo sin faltar ni uno solo, me asomaba por si había vuelto, hasta que aparecía una mañana como si nunca se hubiese ido y todo volvía a estar en su sitio.
Hace unas pocas semanas estaba en mi cuarto, era un sábado por la tarde.
Me asomé a la ventana para ver a Una... pero de repente, Una abrió sus alas, las agitó con el torso hacia adelante, movió un poco el agua y levantó el vuelo. Pasó a escasos metros de mi ventana, haciendo un giro imposible a pocos metros de mi cara. Sentí como se me ponían los pelos del brazo de punta mientras Una volaba cada vez más alto, más deprisa... y desapareció.
Pensé que volvería, como las otras veces. Cada noche veía la luna quieta, la pelota bailando lentamente en el agua y el estanque más oscuro que nunca. Todo aquello que me había inspirado tanto antes, ahora estaba vacío sin Una.
Hace unos días entraron unas excavadoras en los alrededores del estanque. Unos hombres palpaban la tierra y se asomaron al estanque, escudriñándolo. Empezó el ruido, levantaron la tierra, pusieron unas vallas y dejaron montañas horribles de tierra, como escombros al pie del estanque. No sé qué pretenden hacer ahí abajo. Pero la inspección que hicieron del estanque no me hace suponer nada bueno.
Entonces supe que si Una pensaba volver a casa, ya no lo haría.
Fui una espectadora privilegiada durante mucho tiempo...
La echo de menos.
Pero, caray... menuda despedida.

(Qué sensación la de sentirse parte de un mundo perfecto, aunque sea desde una ventana)

15.3.08

"No entiendo que acabáramos follando"




- ¡¿Serás gilipollas?! - fue lo último que oyó Álvaro antes de cerrar la puerta del apartamento. La había echado a la calle con el sujetador a medio abrochar y un sola bota puesta. El resto de su ropa la llevaba atropelladamente en la mano y las minúsculas bragas que ella había elegido para la ocasión, recordó más tarde haberlas visto sobre su pelo aún despeinado, donde fueron a parar cuando se las lanzó con rabia antes de darle un último empujón hacia la puerta de la calle.




Él se relamía aún recordando el revolcón con la chica de hacía unos días. La experiencia había sido una de las mejores de los últimos tiempos, en que ya había empezado a perder la esperanza de encontrar un buen polvo o, al menos, una que la chupara bien, como aquella bestia a la que apodaría "la faquir" por razones obvias. Nunca había podido desprenderse de aquella manía de dar apodos a las tías que se follaba. Estaba "la sirenita", con la que había echado uno de sus polvos más incómodos, nada menos que en una playa llena de rocas enormes, encima de una de ellas. Se acordaba de "la silver", a la que había llamado así por el caballo del Llanero Solitario, un especimen raro a la que sólo le gustaba que le dieran por el culo. Se reía cuando se acordaba de "la María Antonieta", que le había confesado que con un sólo revolcón había logrado que ella "perdiera la cabeza". A veces se acordaba de "la bollas", la tía con las tetas más grandes que jamás había visto, al menos en su cama.
Durante un par de días, cosa que era excesiva para él dada la rapidez con que olvidaba a las mujeres que pasaban por su cama, elegía a la chica de hacía unos días para su paja matinal en la ducha. Le gustaba recordar el tatuaje de una abeja peligrosamente posada en la curva que hacía el interior de su pecho izquierdo con el aguijón dirigido a aquel pezón erizado que tenía delante de sus ojos cada vez que la recordaba. Pasaría a la historia como "la Maya" por la dichosa abejita. Pasados el par de días, se cansó de la visión y simplemente la borró de su mente.


Era viernes, tal vez le esperara alguna experiencia nueva y, sin muchas esperanzas, salió a despejarse un poco y a mojar la garganta con algo que no fuera agua y que emborrachara un poco. En el bar de siempre se encontró a la chica de la abeja "picapezones", que le dirigió una mirada esperanzada en repetir el polvo de hacía unas cuantas noches. Pero él levantó la mano a modo de saludo con un poco de aburrimiento y se sentó en la barra dándole la espalda. Pidió su Ballantines y se limitó a recorrer con la mirada, moviendo la cabeza al ritmo de la música, el local atestado de caras desconocidas de niñatas más maquilladas de lo normal y con unos cuerpazos de vértigo, pero sin tetas, para su gusto.


- Joder, la que faltaba- pensó suspirando y enterrando su mirada aburrida en el vaso de Ballantines. Allí estaba la mejor amiga de la abejita. Pensó en el apodo que podía ponerle a ésta si alguna vez estuviera tan borracho o drogado para llegar a follársela. Además de caerle mal y de tener una conversación realmente insulsa, era el grano en el culo de su amiga, a la que le constaba que no era demasiado leal. Vamos, justo lo que él llamaba "una mierda de tía". Se le ocurrió llamarla "la willy", por el amiguito medio atontado de la abeja Maya. Y se rió solo.


- No es bueno beber a solas, Alvarito - le dijo "la willy" ocupando la butaca vacía al lado de Álvaro.


- Ve a zumbar a otro lado, anda. No estoy para gilipolleces- le contestó sin mirarla dando un sorbo al Ballantines.


- Eh, tranquilo- Le dijo ella molesta - Oye, sólo quería decirte que a mi amiga parece que la has dejado pillada. Debes ser muy bueno en la cama, tú.


- No me apetece tener la más mínima conversación contigo sobre eso o sobre nada. Cuando quieras te demuestro lo bueno que soy y nos dejamos de tonterías - dijo con el fin de ser lo más grosero posible y quitársela de encima.


- Vaya, qué directo, ¿no?


- Hasta luego... - dijo mientras se levantaba y dejaba un billete de 20 euros para el whiskey sobre la barra. Cuando estuvo lejos de ella acabó la frase: "... abejita estúpida".




Álvaro no sabía el efecto de sus palabras en "la willy" que, lejos de recordar el desprecio que él mostraba siempre hacia ella, sólo recordaba el ofrecimiento de un polvo de demostración. Pensó que, después de todo, en el fondo le gustaba un poco y que por eso siempre la trataba con tanta mala leche y que, por qué no, por esa misma razón se había acostado con su amiga. Para disipar la duda de sus propios razonamientos, se propuso que sería ella quien demostrara a ese chulito quién era el polvo realmente.




Al día siguiente, el sábado, misma escena, mismo bar. Tal y como ella había imaginado. Lo vio de nuevo en la barra, esperó a que él acabara la conversación que tenía al teléfono y se acercó, seductora.


- Hola, Alvarito. Con que sigues bebiendo solo, ¿eh?


- Oye, tú es que no pillas el mensaje, ¿no?


- Vale, oye. Si quieres me voy, pero, sinceramente, me gustaría probar eso que dijiste ayer.


- ¿Cómo dices?


- Sí, hombre, lo bueno que eres en la cama...


Álvaro estaba a punto de reírse de "la willy" en su cara, pero miró a su alrededor y sorprendió a "la Maya" observándolo, ya desesperenzada. Lo menos que le apetecía esa noche era aguantar sus miradas clavadas en la nuca. Total, sus amigos ya se retrasaban y estaba hasta los cojones de la música que ponían a aquella hora en el bar para atraer a las niñatas que traían tras ellas a los niñatos bebedores. Miró a "la willy". Realmente nunca le había gustado esa tía. Ni siquiera lo ponía. Volvió a mirar el bar, lleno de gente y vacío de oportunidades y, mirando a "la willy" de arriba a abajo intentando encontrar algo que lo convenciera, pensó que al menos esa noche dormiría tranquilo. Sería como una paja breve pero sin tener que molestarse en hacérsela él.


- Vamos a mi casa. - le dijo


- Vamos- respondió ella satisfecha. Miró a su amiga antes de abandonar el bar y le hizo un gesto que hiciera pensar a la pobre Maya que iban a hablar sobre ella. Ya se inventaría la historia mañana. Ahora por fin iba a follar con Álvaro y eso era lo único que le importaba.
El corto viaje en coche desde el bar a la casa fue silencioso, amenizado sólo por las tres canciones de Marea que sonaron desde que puso el motor en marcha hasta que lo apagó frente al apartamento.
Ya en su cuarto, él fue al grano. Le sacó las botas cuando ella se sentó en la cama. Le desabrochó el vaquero ajustado y lo deslizó piernas abajo hasta quitárselo. No se fijó en el minúsculo tanga que ella había elegido precisamente para esa noche. Se limitó a sacarlo sin ni siquiera mirarlo. Sólo tenía los ojos clavados en los de ella. No la había besado; no la había tocado. Le desabrochó la blusa blanca que antes había desvelado algo de encaje debajo y, seguidamente, el sujetador. Allí estaba, desnuda sobre su cama y aún no la había siquiera rozado. La imagen de verla así frente a él, aún vestido, lo hizo sentir perversamente superior y la idea se la puso dura. Simplemente se desabotonó el pantalón, la sacó y la dirigió a la boca de ella, que lo esperaba sonriente y pícara sentada en la cama, deseando tener todo aquello para ella. Para demostrarle y demostrarse que ella también lo podía sorprender.


- Bueno, no la chupa tan mal- pensaba Álvaro con los ojos cerrados y la cabeza levantada. No era "la faquir", pero menos daba una piedra.


Mientras se la chupaba, ella miraba hacia arriba para encontrar los ojos de él, pero Álvaro no la miraba. Se lo estaba poniendo difícil, pero no se imaginaba la sorpresa que le esperaba.

De repente, paró y él la miró con curiosidad y un poco de impaciencia.


- Túmbate en la cama, Alvarito...


- Vaya, al grano, eso me gusta - dijo él optimista, aunque jodido por aquella manía que tenía de llamarlo "Alvarito".


Ella le puso el preservativo con la boca y se sentó a horcajadas encima de él y empezó a moverse despacio mientras lo miraba. A Álvaro le gustaba la idea de no haber tenido que besarla ni tocarla. Ni siquiera le había tocado las tetas. No era para nada la tía de sus sueños ni mucho menos el polvo de sus sueños. Y volvió a impacientarse cuando ella paró de moverse.


- Otra paradita, joder- pensó resoplando - Habrá que olvidarse de "la willy" y recordarla como "la bus".


Ella se salió de la cama, fue a su bolso y sacó unas esposas. Se las enseñó con una mirada picarona que a él le pareció incluso absurda. Definitivamente aquella tía no lo ponía en absoluto. La seguía teniendo dura, pero sabía que era cuestión de segundos que todo se fuera al carajo. Le encantaba el rollo sado "light", siempre había disfrutado con los juegos sexuales. Había estado esposado, atado, incluso untado en caramelo con los ojos vendados. Y se lamentó de que fuera "la willy" precisamente la que la que le ofreciera el show de dominadora. Le parecía en aquel momento una pobre infeliz que recogía los trofeos que había ganado antes su amiguita. Finalmente, tanta parada y aquel jueguecito de las esposas a esas horas lo acabó por impacientar. Total, ya se le empezaba a bajar; "a la mierda", pensó. Y se incorporó en la cama.


- Paso de este rollo.


- Venga ya. Me han dicho lo contrario... No te pongas difícil, Alvarito.


- A ver si lo entiendes: paso de este rollo CONTIGO.


- ¿Qué? ¿Por qué?- preguntó ella desconcertada.


- Mira, lárgate, ¿vale?- dijo Álvaro impaciente del todo.


Ella no podía creer que aquel rechazo fuera real. Retractarse del juego de las esposas quedaba ya fuera de lugar. E intentar seguir con el polvo era mucho peor. Sintió el calor que le subía desde el pecho hasta las orejas. La adrenalina le recorría el cuerpo, realmente estaba perdida. Y encima desnuda frente a Álvaro, que en un santiamén se había abotonado el pantalón de nuevo y estaba vestido por completo. Y en una casa que no era la suya...


- Venga, Álvaro, tampoco es para...


- Que te largues, tía.- volvió a ordenar él con rabia poco contenida ya mientras iba lanzando toda su ropa en las manos de ella, que apenas abarcaban todo lo que él le iba arrojando.


Ella montó en cólera entre la humillación y el miedo de verse desnuda en el rellano.


- ¡¡¡Eres un jodido psicópata!!! ¡¡¡Hijo de puta!!!- gritaba histérica mientras intentaba abrocharse el sujetador.


Para los nervios y la impaciencia de Álvaro aquello fue demasiado. No la soportaba y oír sus gritos agudos metiéndose en sus oídos era realmente desquiciante. Así que se colocó detrás de ella y la fue empujando hacia la puerta, mientras ella se revolvía gritándole que la dejara vestirse. Álvaro vio sus bragas que estaban tiradas a un lado de la cama y volvió a recogerlas.


- Bonitas bragas, lástima que sean tuyas - pensó antes de tirárselas.


La situación fue realmente vergonzosa para ella, que notó cómo las bragas elelgidas a conciencia para esa noche acababan en su cabeza. Notó la mano fuerte de Álvaro en uno de sus brazos, sacándola finalmente de la casa.


- ¡¿Serás gilipollas?! - gritó justo antes de que se cerrara la puerta detrás de ella.




A la mañana siguiente, Álvaro se levantó, se hizo un café y encendió el ordenador.


- ¿Qué tal la noche?- le preguntó uno de sus amigos, que no lo habían visto por ninguna parte la noche anterior.


- Para olvidar- escribió Álvaro, recordando inevitablemente el numerito de las esposas y la visión patética de "la willy" saliendo a tropezones de su casa.




Se puso "Ausente" en el ordenador. Necesitaba una ducha.


"La Willy" contó a su amiga la conversación inexistente entre ella y Álvaro, en la que Maya quedaba muy mal parada y Álvaro aún mucho peor. Aún sentía el calor pegado a sus orejas mientras improvisaba.


Álvaro se hizo una paja en la ducha pensando en una mezcla imposible entre "la faquir", "la bollas", "la sirenita", "la silver"... para ahuyentar de una vez para siempre la imagen de "la willy" que ahora sí le repugnaba por completo.


Después de correrse siguió con la ducha, meneando la cabeza mientras sonreía incrédulo de sí mismo y empezando a olvidarla: "No entiendo que acabáramos follando".








13.11.07

Sonetos de la Muerte (Gabriela Mistral)


Hace tiempo pensé en colgar en este blog las palabras de otros. No es un ánimo de robar lo que ellos hicieron con mucho esfuerzo y, en el caso de Gabriela, con mucho sufrimiento que acabó llevándola a la locura. Es sólo un afán de REGALAR lo que a mí me ha llegado y llenado. Lo que van a leer es real; Gabriela se enamoró perdidamente de un hombre que la abandonó y ella jamás lo superó. Rezó incansablemente para que muriera antes que verlo con otra mujer. Cuando la muerte se lo llevó, ella escribió los "Sonetos de la Muerte", delirantes, febriles, desesperados. En ellos cuenta que ahora que está muerto, nadie se atreverá a tocarlo y por fin ella podrá bajar a su tumba a hablar con él y pasar juntos la eternidad. No aptos para corazones rotos, pero inevitables al mismo tiempo. Dedicado a todos aquéllos afortunados que han nacido con la capacidad de poder sentirlo todo con las tripas y el alma. El mundo nunca será nuestro, ¡pero la vida, sí!


Del nicho helado en que los hombres te pusieron

te bajará la tierra humilde y soleada

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.


Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.


Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.


Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!


Este largo cansancio se hará mayor un día,

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía,

por donde van los hombres, contentos de vivir...


Sentirás que tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré que me hayan cubierto totalmente

¡y después hablaremos por una eternidad!


Sólo entonces sabrás por qué, no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.


Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;

Sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

y, roto el pacto enorme, tenías que morir.


Malas manos tomaron tu vida desde el día

en que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía.

Malas manos entraron trágicamente en él...


Y yo dije al Señor: "Por las sendas mortales

le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales

o le hundes en el largo sueño que sabes dar!


¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!

Su barca empuja un negro viento de tempestad.

Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor".


Se detuvo la barca rosa de su vivir...

¿que no sé del amor, que no tuve piedad?

¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!


(Dedicado especialmente a Gloria, porque ha sabido adivinar, entender y escuchar todas mis pasiones)

5.10.07

Tu mejor amiga (breves)


-Mira, es ésta, la que aparece conmigo en esa foto... ¿qué te parece? - le preguntó él mirando ensimismado la imagen que tenía entre las manos.
- Pues... ¿qué quieres que te diga? Una chica mona... - respondió ella intentando aparentar normalidad e indiferencia.

Qué le iba a parecer a ella, que la odiaba ya sin conocerla por haberlo tenido...

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Sin querer le rozó un pecho; un solo segundo, contundente, pero un segundo fugaz, un segundo insignificante. Los dos se rieron por la inesperada situación. Y él le siguió hablando de cosas triviales, sin darle ninguna importancia al corazón de ella, que estaba a punto de salirse por el hueco que quedaba entre su esternón y el único pezón que se le había erizado.

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Siempre que se encontraban, él chocaba la palma de su mano contra la de ella. La consideraba casi como uno de sus amigotes y así se lo demostraba.
Y ella deseaba continuamente poder dar al tiempo atrás sólo un minuto para encontrarse con él de nuevo y volver a tocar su mano suave.

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- Por favor, mírame la espalda, llevo un tiempo con una molestia...
Ella miró detenidamente su espalda y la rozó con la punta del dedo índice, aparentando buscar algo inusual en la piel mientras realmente la acariciaba suavemente con los ojos cerrados.
- No veo nada...
(Pero cómo no vas a notar molestia, si llevas a cuestas mi vida entera, tonto)

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Ella no había caído hasta ese momento en que, en aquella postura, estaba enseñando más de lo que hubiera querido. Lo tenía sentado justo enfrente y ambos miraban el televisor. Y lejos de cambiar la postura, se sorprendió pensando: "por favor, que me esté mirando las bragas".

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¡Qué vergüenza la de ella de sentir aquella alegría al oír su voz grave y agripada al otro lado del teléfono al día siguiente!
Y se acordó de una carta preciosa escrita por Jacinto Benavente, donde la joven se alegraba de que la razón de que su amado no hubiese acudido a la cita era una enfermedad.
Sólo que él era sólo su amigo... o al menos eso pensaba él.
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- ¡Me alegro mucho, de veras! ¡Qué alegría saber que todo te está yendo tan bien! - escribió ella en la pantalla del ordenador.
- Parece que todo va saliendo bien... Por cierto, me tengo que ir, llego tarde ya. Hasta la próxima...

(Tu amigo aparece como No Conectado. Recibirá los mensajes la próxima vez que se conecte)

Se sintió mal, indefensa, confusa y culpable. Porque no se alegraba en absoluto. Ya no volvería a necesitarla.

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Llevaba toda la semana soñando con ese día en que volverían a reunirse. Eran muy buenos amigos y la fiesta prometía. Había cancelado todos los planes y citas que pudieran alejarla de ese día que preparaba con alegría. Por fin volverían a verse, su amigo del alma regresaba y habría una gran fiesta con el resto de amigos.
Sonó el ruido de un mensaje en su móvil. ¡Era suyo! ¿Estaría ya esperándola?... Lo abrió ilusionada, nerviosa.
"Al final no voy. Ya ns bmos otro día si eso".
El de ella se dirigió al resto de amigos que esperaban:
"toy peor de la gripe. No m speren".

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Llevaba ya una hora entre maquillaje: quita y pon. Entre el peinado: suelto o recogido. Entre la ropa: falda o pantalón. Entre el calzado, abierto o cerrado.
Y finalmente salió. Era su cita más importante cada día. Sabía que él pasaba con su coche por aquella calle justo a esa hora. Miró el reloj, faltaban sólo unos minutos. Pensaba que, después de verla tantos días seguidos a aquella hora, ya le resultaría, al menos, familiar. Y a la hora justa, cruzó la calle de un lado al otro, intentando ser natural, normal, parecer despistada, como quien realmente camina con un destino cierto. Llegó al otro extremo de la calle... y se dio la vuelta para emprender el camino de vuelta a casa.

-¿Me habrá visto? - se preguntaba cada día ilusionada.

Se quitó el maquillaje, el peinado, la ropa y los zapatos. Y se pasó un buen rato imaginando que sí, que la había mirado durante el segundo que el coche se cruzaba con ella todos los días.

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Había sido sólo un comentario estúpido. Ella lo sabía. Él era sólo su amigo y lo había dicho sin mala intención. "Eres tan linda... Sólo te sobran unos kilitos".

Ya no recordaba muy bien por qué lo había dicho, ni si ella se lo había preguntado. Lo había oído antes de otras personas y de su espejo cada día, pero cuando lo dijo él, algo cambió. Ni siquiera sabía el qué. "¿mañana es jueves o viernes? ¿estamos en Otoño, no? Otoño ya... Vaya, qué color más raro se me ha puesto por debajo de los ojos. Y qué frío tan extrañoc para estar aún en Octubre... ¿Por qué me había dicho eso? Intentaré dormir un poco".

Le costaba mucho recordar y razonar después de 8 días sin comer.

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- Dame un beso, anda

Y él la besó en la frente.
Nunca algo tan tierno había sido tan ofensivo.

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30.9.07

Los pensamientos de una noctámbula


Cuesta pensar mientras el día transcurre entre ruidos, vientos, pasos, cruces, escaleras, café, televisión… Pero no cuesta nada cuando llega esta hora mágica en la que el mundo duerme, en la que los vientos dejan de soplar y, si soplan, siempre dicen algo mientras se cuelan silbando entre las rendijas de las puertas y ventanas de casa. Las escaleras descansan de pasos y pesos ajenos, los cruces se quedan cruzados de brazos, el café está frío y pierde toda esperanza de mantener despierto a alguien, la televisión gime de pena porque sólo sirve como ruido de fondo a los soñadores de playa, viajes, amor y fortunas encontradas que tendrán que levantarse mañana temprano y recordar su sueño para poder seguir adelante. Es en esa hora cuando los pensamientos, sabedores del silencio que los rodea, aprovechan para decirte las cosas que se han callado durante el día; saben esperar, son pacientes, como el preso dócil y resignado que sabe que su reclusión acabará; tarde o temprano, pero acabará. No necesitan gritar, no les hace falta imponerse: saben perfectamente que les llegará el momento propicio para hacerte saber que están ahí, que necesitan que los escuches.
No siempre han tenido un buen día y, como el niño enfadado le da un beso fugaz a su padre en la mejilla antes de darse la vuelta en su camita y dormirse, algunos pensamientos nos dan también ese beso insípido, con sabor agrio y se meten en la cama contigo dándote la espalda. Pero las otras noches, en las que te acarician, se sientan a tu lado, te sonríen y te explican que han venido a ayudarte… esas noches, como la de hoy, recuerdo por qué me hice noctámbula y dejé el sueño para los que no se soportan despiertos. Mañana es domingo, ya dormiré cuando el mundo se desperece y empiece a refunfuñar.
Estoy rodeada sólo de la noche, del humo del tabaco que baila lentamente delante de mis ojos y de la pantalla del ordenador. Ni siquiera he puesto la música, no quiero que nada me distraiga del silencio de este momento, sólo roto por el ruido de las teclas y por el sonido lejano de alguna verbena de barrio.
Mis pensamientos me dicen hoy que es hora de quitar tapones al corazón, de destapar el alma, de abrir espacios por donde el aire pueda volver a entrar. Mis pensamientos me cuentan hoy que soy valiente, que también los reyes se sienten solos; que los héroes también lloraban y tenían miedo antes de las batallas; que todas las obras maestras fueron un trazo inicial antes de convertirse en el cuadro, una sola nota antes de componer esa sinfonía irrepetible, una palabra antes de acabar la primera frase de un libro magistral.
Hoy tengo miedo, como ese héroe que dio la cara aun después de muerto, necesito creer que soy la primera nota en una sinfonía de Beethoven, quiero pensar que soy una mancha de pintura en un lienzo que mañana será cualquier Velázquez, que hoy soy la palabra “En” que precede a “un lugar de La Mancha” en el Quijote. Quiero pensarlo porque tengo miedo. Quiero pensar que mis planes más cercanos van a salir bien, que toda esta tormenta cerebral me va a llevar a una calma vital que llevo buscando desde hace tiempo. Tengo que liberar viejas ideas que luchan por no extinguirse y cuyas heridas de guerra sufro siempre yo.
Mis pensamientos me acompañan esta noche, me guiñan el ojo y me dan la razón. No me niegan el saludo, no me llevan la contraria, me dan una palmadita en la espalda para animarme. Por eso no quiero acostarme todavía, quiero seguir escuchando los ruidos de la noche, quiero seguir observando esa luz tan extraña en el cielo que veo muchas noches y que nunca sé lo que es. Hoy ni siquiera me da miedo, ni me parece tan rara. Creo que voy a encenderme otro cigarrillo y voy a observar todas y cada una de las luces que se pueden ver desde aquí. Y mañana empezaré a escribir mi libro, a pintar mi cuadro, a componer mi sinfonía... Mañana...
(Gracias los que han estado conmigo en estos días tan difíciles que he pasado últimamente y gracias a los que seguirán cuando mis pensamientos se vuelvan a enfadar conmigo. Dedicado a Judith, a Raquel, a Doramas, a Manolo y a Ruth. Gracias por prestarme el lápiz, el pincel y la batuta)

si rabona, bien ara...


El agricultor llevaba ya tiempo sin oír prácticamente nada de lo que le decían; la sordera se había cebado en él y lo llevaba con resignación. Lo que no llevaba tan bien eran los comentarios repetidos una y otra vez sobre el tamaño del rabo de su vaca aradora. Era cierto que la vaca tenía un rabo algo más grande de lo normal, pero es que no pasaba desapercibido para nadie.




Una mañana, como otra cualquiera, estaba con su vaca arando en sus tierras y vio venir a un vecino por el camino que llegaba a su plantación. El vecino levantó la mano para saludarlo y se le acercó para hablar con él. Aquella mañana se había levantado con ganas de cháchara, le apetecía pasear y echar un vistazo a los cultivos de sus vecinos, pasar a ver los animales, en definitiva, vivir una plácida mañana en compañía de quien quisiera darle conversación.




El agricultor lo abanó con la mano y siguió dando empujones al arado mientras animaba a la vaca con sus conocidos sonidos guturales y sus chasqueos con la lengua, mientras ya imaginaba lo que su vecino venía a decirle: que "cacho rabo tiene la vaca, cristiano", así que, por el rabillo del ojo, lo vio sentarse en una piedra, quitarse el sombrero, rascarse la calva y volvérselo a poner.




El vecino empezó con su conversación. Advirtió que los calores no eran normales para esa época del año; le explicó que tenía unos dolores en "las espaldas" desde hacía algún tiempo que lo tenían "jeringao" y que la nietilla chica iba para la universidad ese año. Pero al darse cuenta de que el agricultor no le respondía, silbó y preguntó en voz alta: "¡¿Usted me oyó, cristiano?!"


El agricultor, que lo único que había podido escuchar había sido el agudo silbido, se volvió hacia él con aire cansino y, después de secarse el sudor que le mojaba la frente, le respondió: "¡Si rabona, bien ara!"




El vecino, perplejo, se levantó de la roca y fue a buscar conversación a las tierras de al lado...

12.9.07

El pago


Existía un restaurante que hacía comidas muy ricas. El cocinero del local era una persona muy avara, pero hacía las mejores comidas de la ciudad.

Fuera del restaurante solía pasar un mendigo que pasaba mucha hambre y, tan sabrosas eran las comidas del restaurante que, por la puerta de atrás, salían los olores de las cocinas, así que el pobre mendigo se conformaba con oler aquellos maravillosos humos y sentía cómo el hambre se saciaba.

Un día, el cocinero vio al mendigo en la puerta de atrás con los ojos cerrados, insiprando el olor que salía de su cocina y vio cómo aquel pobre hombre sonreía y se tocaba el estómago satisfecho. Así que se enfadó y le pidió que le pagara ya que, al fin y al cabo, le estaba saciando el hambre. El mendigo no salía de su asombro y vio cómo el cocinero se daba la vuelta muy enojado. Llevó la mano a su bolsillo, sacó las pocas monedas que le habían dado ese día y las tiró al suelo. El cocinero se dio la vuelta al oír el tintineo metálico de las monedas chocando con el suelo, pero sólo alcanzó a ver cómo el mendigo recogía la última moneda y la metía en su bolsillo de nuevo con el resto. Lo miró intrigado y el mendigo, lleno de amargura le preguntó: "¿Oíste el dinero?" a lo que el cocinero respondió "Sí, he oído el tintineo de las monedas" . El mendigo se puso su raído sombrero y le dijo: "Pues ya estás pagado". Y emprendió de nuevo su camino después de una pequeña reverencia sin volver la vista atrás.
(Esta historia me la contó Mandy una tarde de sol en nuestro "cuadrado" de la piscina de Sambrano. Guardo esa tarde de sol y esta historia como un tesoro)