
"El primero está atado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas", dijo Melquíades el gitano en "Cien Años de Soledad". Cada historia en este blog es una de esas hormigas, el final de otros Buendía que aparecen aquí con otros nombres, otras vidas, porque cada cual tiene su Macondo particular... aunque las hormigas que nos coman sean, al final, las mismas.
31.5.09
21.5.09
Mus, Parchís y otros Juegos

En estos días en que no tengo que trabajar es cuando me doy cuenta de que soy como un animalillo que sólo es inofensivo si se le tiene atado y bien atado.
Y es que, en estos días en que no he ido a trabajar, he jugado al Mus y al Parchís con gente que ni siquiera conozco.
Es tanto mi vicio con el juego que, cuando me quise dar cuenta, me estaba jugando también el orgullo y el corazón....
Y sin mover una ficha, sin tirar un dado y sin levantar una sola carta.
¿Les interesa un consejo de ludópata escaldada?
Después de la medianoche, como en La Cenicienta, todo se vuelve más feo. Al menos en esto de los juegos. En todos los juegos.
Así que... después de las doce, un buen libro y el messenger cerrado.
(Nunca he ganado una apuesta yendo de farol).
13.5.09
La Roca Valiente

¿Cuánto tiempo llevaba esa roca ahí? No me atrevo ni a imaginarlo. Seguramente, tantos años como olas la habían embestido ya.
¿Y cuántas veces había pasado yo por aquel lugar? Seguramente, tantas como olas me habían embestido a mí.
Y en esa calurosa tarde, otra más, acomodada en la guagua, con la espalda apoyada en el cristal y las piernas estiradas a lo largo de los sillones traseros, la vi.
La vi... y fue tal la visión de aquella roca en medio de una nada acuática, que me quité rápidamente los auriculares de los oídos y me incorporé para poder observarla los pocos segundos que quedaban antes de que quedase escondida de mi vista, detrás de las horribles y cochambrosas casas que tapan la vista del mar a lo largo de toda la carretera.
Pude verla en el justo momento en que una ola la atacaba fuertemente por la espalda, precisamente a ella, tan sola en medio del desierto azul. Pero no se inmutó. Aguantó inmóvil, quieta, paciente. En cambio, fue la ola la que se rompió en una gran estrella de espuma, por encima de la roca valiente. Ella, que llegó por la espalda, se hirió de muerte, descomponiéndose en torbellinos de sangre blanca. Llegó inofensiva a la orilla, mientras la roca seguía inmutable en medio del mar tranquilo que ya preparaba su próxima embestida de la que, sin duda, y aunque no pude verlo ya, la roca saldría sana y salva.
(A Samuel, una roca más valiente que la del relato. Aunque nos separe el Atlántico, sabes que una velita siempre arde por ti)
12.4.09
Sabios microscópicos
No tengo ni idea de cuánto tiempo hacía que nadie se molestaba en limpiar los libros que ocupaban aquellas estanterías.
Empecé a llevar en brazos hacia el salón todos los que podía cada vez para ahorrarme paseos innecesarios. Me di cuenta de que eran muchos, de muchos tamaños, de muchos temas distintos, de muchos colores, de muchos años, de pocos años, sin traducir, traducidos...
No sé si tardé tanto en quitarles el polvo porque me entretenía mirando cada uno, meneando sus páginas para que saliera de ellas el polvo, curioseando lo que contaban. Pero estuve un larguísimo rato hasta que quedaron nuevos otra vez.Abrí las ventanas para que la atmósfera se despejara y vi, a mi alrededor, pequeñas nubecitas de polvo, danzado ingrávidamente por encima y alrededor de los libros y de mí, que los seguía curioseando con muchas ganas pero sin ninguna prisa. Allí estaban, huyendo a través de la ventana o arrastrados hacia ella por la corriente de aire, los millones de pequeños ácaros que habían vivido tanto tiempo entre sus páginas. Se marchaban desterrados, dejando paso a los nuevos que en breve, seguro, volverían a asentarse entre aquellas páginas llenas de tantas cosas para recostarse entre las hojas y quién sabe, si para devorar lo que dicen.
El caso es que no pude resistirme a hacer la foto que encabeza estas palabras. Nuevos otra vez, apilados unos encima de otros, esperando para ser recolocados en sus estanterías limpísimas ahora, pero que ya iban haciendo sitio para los nuevos curiosos invisibles que, en el momento publicarse esto, sin duda ya estarán agrupándose para pasar una larga temporada a la sombra de las miles de hojas que forman esa pequeña gran biblioteca.
Los habrá políglotas; algunos saldrán siendo expertos en arte; otros serán poetas; otros, aburridos de las matemáticas o de la física les dirán a los que habitan los libros de Benedetti que les reciten algún lindo poema...
Pero todos, a su manera, se habrán convertido ya, cuando vuelvan a ser desterrados por a saber qué manos esta vez, unos sabios microscópicos.
9.4.09
Hayóm heíra hashémesh et imkéy nafshí (Hoy la luz del Sol ha entrado en mi alma)
Orí llegó una tarde sin esperarlo, como suele ocurrir con los mejores momentos de tu vida.
Venía de muy lejos, de muy, muy lejos: de Galilea.
Orí es un israelí rubio. Rubio el cabello; rubias las cejas; rubia la barba. Con ojos azules y la piel morena por el Sol. Con una voz tan suave que parece recitar un poema cada vez que empieza un discurso.
Orí no habla por hablar, no canta por cantar.
Orí, simplemente, embruja, atrapa.
Es un enamorado de las lenguas y, sobre todo, de su idioma materno: el hebreo.
Yo soy una enamorada de las lenguas y, sobre todo, de mi dioma materno: el castellano.
Así que fue bonito el cuadro de dos que, sin entender una palabra de lo que decía el otro, cantaban canciones y recitaban poemas en su lengua materna.
Las canciones que Orí canta son algo más que canciones. Cuando cierra los ojos, sonríe. Y da golpecitos en la mesa con los dedos, creando una percusión suave que me transporta a una tierra lejana en la que nunca estuve, pero que aparece ante mis ojos como si entendiera cada uno de los preciosos sonidos que forman la lengua hebrea. Canciones que hablan de una ventana desde donde se ve el mar azul. Canciones que hablan de alguien que conoce tan bien su corazón, que entiende cada uno de sus latidos. Canciones que hablan sobre una mesa donde hay ricas comidas y por donde pasan fugazmente las telas de las faldas de las mujeres, impregnadas del olor a especias. Todo eso dice el hebreo sin que entiendas una palabra.
Orí me explicó que el hebreo apenas si ha cambiado desde que se conocen los primeros textos. Tentación inevitable el pedirle que me recitara algo de la Biblia; quería oír cómo hablaba Jesucristo hacía dos mil años. La conoce bien. Me miraba con los ojos azules, profundos y pronunciaba suavemente palabras llenas de aire, de garganta, de arena... Noté cómo se me ponían los pelos de punta y me daban ganas de llorar. Él acababa el discurso y sonreía.
Yo también enseñé a Orí un poema de Bécquer que lo hizo suspirar, abrir los ojos con asombro y lo recitó en castellano como si lo hablase de toda la vida. Nuestros idiomas se mezclaron sentados en la mesa, bebiendo vino lentamente.
Levantando las copas, él decía "salud" y yo le respondía "lejáim".
Tradujo el poema de Bécquer al hebreo y podría parecer que había sido escrito en su idioma originariamente, tal era el ritmo y la suavidad que lo contagió cuando lo leyó.
Me lo aprendí; se asombró de mi pronunciación hebrea y me dijo que oírme le hacía estar un poco más cerca de casa.
Orí me dijo que yo tenía suerte de tener un sueño. Que no lo dejara escapar.
Me lo dijo en inglés. Y yo, que no quería ver en ese momento que estaba dejando escapar mi gran sueño, o tal vez como un modo desesperado de agarrarlo durante unos segundos, le dije a Orí que siguiera cantando en hebreo.
Y allí estaba, mirando a Orí, que tenía los ojos cerrados, cantando las canciones de su historia, mientras yo volvía a Jerusalén, a las calles polvorientas donde brillaba el Sol, donde unos niños reían y el cielo se veía muy azul, unas calles donde aún no volaban los aviones hacia Palestina, esos aviones que destrozan cada día la vida de tanta gente buena, como él dice. Esos aviones que destrozaron el corazón de Orí, a quien el dolor le impide ver Israel como algo distinto de lo que cuentan esas canciones tan, tan bellas.
(A veces, aunque sólo sea fugazmente, el viento trae una pequeña parte de un mundo que parece muy lejano, hasta que puedes tocarlo. Hasta que ves que lo que pasa "allá", pasa también, de algún modo, "aquí", cuando te lo narra un testigo. Cuando Orí me habló desde el fondo de su corazón sobre lo que ocurre en su tierra, donde él fue niño y donde sus amigos se convirtieron en sus hermanos, dejé de sentir ese mundo tan lleno de historia como algo lejano, y eso "vahaló dai bejáj" (para mí es suficiente). Dedicado a las personas como Orí, que cambian durante unas horas tu vida. Para que no muera ni un solo Orí más en esa tierra de canciones hebreas).
Venía de muy lejos, de muy, muy lejos: de Galilea.
Orí es un israelí rubio. Rubio el cabello; rubias las cejas; rubia la barba. Con ojos azules y la piel morena por el Sol. Con una voz tan suave que parece recitar un poema cada vez que empieza un discurso.
Orí no habla por hablar, no canta por cantar.
Orí, simplemente, embruja, atrapa.
Es un enamorado de las lenguas y, sobre todo, de su idioma materno: el hebreo.
Yo soy una enamorada de las lenguas y, sobre todo, de mi dioma materno: el castellano.
Así que fue bonito el cuadro de dos que, sin entender una palabra de lo que decía el otro, cantaban canciones y recitaban poemas en su lengua materna.
Las canciones que Orí canta son algo más que canciones. Cuando cierra los ojos, sonríe. Y da golpecitos en la mesa con los dedos, creando una percusión suave que me transporta a una tierra lejana en la que nunca estuve, pero que aparece ante mis ojos como si entendiera cada uno de los preciosos sonidos que forman la lengua hebrea. Canciones que hablan de una ventana desde donde se ve el mar azul. Canciones que hablan de alguien que conoce tan bien su corazón, que entiende cada uno de sus latidos. Canciones que hablan sobre una mesa donde hay ricas comidas y por donde pasan fugazmente las telas de las faldas de las mujeres, impregnadas del olor a especias. Todo eso dice el hebreo sin que entiendas una palabra.
Orí me explicó que el hebreo apenas si ha cambiado desde que se conocen los primeros textos. Tentación inevitable el pedirle que me recitara algo de la Biblia; quería oír cómo hablaba Jesucristo hacía dos mil años. La conoce bien. Me miraba con los ojos azules, profundos y pronunciaba suavemente palabras llenas de aire, de garganta, de arena... Noté cómo se me ponían los pelos de punta y me daban ganas de llorar. Él acababa el discurso y sonreía.
Yo también enseñé a Orí un poema de Bécquer que lo hizo suspirar, abrir los ojos con asombro y lo recitó en castellano como si lo hablase de toda la vida. Nuestros idiomas se mezclaron sentados en la mesa, bebiendo vino lentamente.
Levantando las copas, él decía "salud" y yo le respondía "lejáim".
Tradujo el poema de Bécquer al hebreo y podría parecer que había sido escrito en su idioma originariamente, tal era el ritmo y la suavidad que lo contagió cuando lo leyó.
Me lo aprendí; se asombró de mi pronunciación hebrea y me dijo que oírme le hacía estar un poco más cerca de casa.
Orí me dijo que yo tenía suerte de tener un sueño. Que no lo dejara escapar.
Me lo dijo en inglés. Y yo, que no quería ver en ese momento que estaba dejando escapar mi gran sueño, o tal vez como un modo desesperado de agarrarlo durante unos segundos, le dije a Orí que siguiera cantando en hebreo.
Y allí estaba, mirando a Orí, que tenía los ojos cerrados, cantando las canciones de su historia, mientras yo volvía a Jerusalén, a las calles polvorientas donde brillaba el Sol, donde unos niños reían y el cielo se veía muy azul, unas calles donde aún no volaban los aviones hacia Palestina, esos aviones que destrozan cada día la vida de tanta gente buena, como él dice. Esos aviones que destrozaron el corazón de Orí, a quien el dolor le impide ver Israel como algo distinto de lo que cuentan esas canciones tan, tan bellas.
(A veces, aunque sólo sea fugazmente, el viento trae una pequeña parte de un mundo que parece muy lejano, hasta que puedes tocarlo. Hasta que ves que lo que pasa "allá", pasa también, de algún modo, "aquí", cuando te lo narra un testigo. Cuando Orí me habló desde el fondo de su corazón sobre lo que ocurre en su tierra, donde él fue niño y donde sus amigos se convirtieron en sus hermanos, dejé de sentir ese mundo tan lleno de historia como algo lejano, y eso "vahaló dai bejáj" (para mí es suficiente). Dedicado a las personas como Orí, que cambian durante unas horas tu vida. Para que no muera ni un solo Orí más en esa tierra de canciones hebreas).
29.3.09
Café tradicional, express o soluble. Pero café.

La contraseña era siempre la misma: "Voy a tu casa a tomarme un café". Es lo que tiene estar casado. Uno tiene que hacerse un mundo en clave para no ser descubierto. Si mi respuesta era "tengo la cafetera lista", significaba que la que estaba lista era yo.
Lo más gracioso de todo es que el café lo hacía en serio, como quien toma esa rutina como un previo sexual.
Debe ser que encontró otra amante que se había comprado la cafetera que anuncia George Clooney, ésa que lo hace todo en un santiamén y de distintos sabores. El caso es que dejó de pedirme mis deliciosos cafés durante una temporada.
Pero las máquinas se estropean y las cafeteras plateadas de mango negro y que hacen "grugrugru" al sacar el café, duran y peduran per secula seculorum. Así que imagino que quería volver al sabor tradicional y volvió a demandar el oscuro y estimulante líquido que yo preparaba.
Lo que él no sabía es que mientras estuvo ausente me diagnosticaron hipertensión.
"He dejado la cafeína", fue mi respuesta. Nunca volví a saber de él.
Bueno, sí. Me lo tropecé una vez con su mujer en una cafetería. Tiene gracia.
(Si ya sabía yo que a ése en su casa no le hacen el café como Dios manda).
20.3.09
No pudo ser.

No me quiso para siempre el niño inocente que era. El primero.
Tampoco el que llegó después. Nunca me dio su pelo rubio y sus ojos azules. El iniciático.
La misma suerte corrí con el tercero, el más duradero y quien me dejó el peor recuerdo. El desequilibrado.
Cuando llegó él, el cuarto, las cosas no fueron distintas. Me dejó el alma exhausta. El terrorista psicológico.
Ni siquiera el único que me atrapó por su cerebro pudo quererme. El adictivo.
Me preguntan a veces que si creo en el amor... Qué quieren que les diga. He llegado a la conclusión de que es una alucinación, parece que es algo que sólo puedo ver yo.
Y mi respuesta, claro está, es siempre que no, aunque sea mentira.
No me vayan a tomar por loca...
18.1.09
Breve historia de una noche

Era sólo una cena de cumpleaños.
Empezó con una reunión tranquila entre amigos.
Vino, ron, Jack Daniel´s, vodka y tres clases de licor en las venas y en el cerebro.
Siete bebidas distintas son demasiadas para cualquiera.
Sangre ajena en una mano. Le rompieron una ceja y la sangre le chorreaba hasta el pecho.
Un poco de hachís.
El coche abollado.
Breve historia de una noche.
Justo antes de que amaneciera apareciste tú para rematar la locura.
O tal vez para hacer que todo eso tuviese algún sentido...
11.1.09
Tres más una no son Cuatro
7.1.09
Sucedáneo de Bridget Jones

No creo que el principio del año, que coincide con el final de la Navidad, sea un buen momento para hacer ningún balance. Pero, siendo honesta, debo reconocer que ninguno de los días del año es un buen día para hacer un repaso de nada. Ése es mi caso.
Yo no me veo graciosa haciendo un playback del "All by myself" de Celine Dion en mi sofá, con una botella de vino medio vacía en la mesita. Más bien suelo beber ron hasta balbucear, entonando cualquier rap catastrófico.
He hecho el recuento de esas cosas tan superficiales que hacía Bridget, como las calorías consumidas entre dulces, grasas, alcohol y bebidas azucaradas. Pero superficial como es, salgo peor parada que ella. Malo.
He hecho también la cuenta de la nicotina inhalada y creo que debo ser la versión cancerígena de la Bridget más empedernida.
Y qué decir de los hombres que no me convienen y a los que atraigo como un imán potente como la bomba H. No me cabrían en diez diarios juntos las veces que me he dado con la mano en la frente para exclamar "Dios mío, si es que cada vez me los busco peores..."
En fin... Visto lo visto, mi único propósito para este (otro) año que acaba de nacer, es no hacer ningún otro propósito. NINGUNO.
¿Caerá mi destino en la trampa de la "psicología inversa"?
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