9.4.11

Otro desayuno

Cuando sonó el despertador, él ya estaba despierto. Sonó unos segundos más hasta que lo sacó de su abstracción. Lo apagó y volvió a tumbarse en la cama para seguir dando vueltas a la idea que le rondaba la cabeza desde que ella había salido de la cama para preparar el desayuno que llevaban compartiendo desde hacía veintiún años. Cada mañana era lo mismo, el olor a café, a pan tostado y ella en silencio rodeada del tintineo de las cucharillas y las tazas mientras las colocaba en la mesa.
Esa mañana no sabía por qué había recordado con mucha intensidad el día que la conoció. Recordó hasta el ruido de las olas rompiendo cerca de la avenida y el olor del combustible de los barcos atracados en los pantalanes. Ella estaba asomada a la barandilla, mirando el mar, intentando inútilmente gobernar su pelo movido por el viento. Recordaba su perfil esa mañana como si hubiese retrocedido veintidós años en un instante. La vio con la camisa larga, roja, pegándosele y despegándosele del cuerpo al antojo del viento, revelando intermitentemente su cuerpo proporcionado y firme debajo de la tela.
Él había tenido varias aventuras con mujeres en esos años en que la initimidad había dejado de existir, mientras la vida pasaba aburrida, pero tranquila, en una monotonía a veces insoportable, pero siempre vencida a fuerza de conformismo, de pereza y de miedo.
Esa mañana todo cambiaría. Le preguntaría directamente a ella lo que no le había preguntado jamás por temor a las consecuencias de una respuesta que él intuía.
Se levantó y se dirigió descalzo a la cocina. Con el recuerdo todavía fresco de aquel día en que la había visto asomada en la avenida, su aspecto le pareció más triste que de costumbre. Su pelo lacio atado sin gracia en una coleta detrás del cuello ya asomaba algunas canas aquí y allá, descaradas y tristes. Su cuerpo se había ensanchado y su pecho parecía tan decaído como ella misma. Se dio cuenta de que unas arrugas alrededor de los ojos se le habían pronunciado en poco tiempo. Se sentó, sirviéndose el café.
- Cariño... - dijo él.
- Dime - contestó ella de espaldas, sin mirarlo mientras untaba de pie la mantequilla en las tostadas.
- ¿Eres feliz?
Ella se quedó quieta, congelada por un segundo, sorprendida, sin duda por aquella pregunta. Se volvió a mirarlo. Vio cómo apenas había cambiado desde el día que lo conoció, a excepción de unas atractivas canas en las sienes. Su cuerpo era el mismo, joven, firme, aunque no lo disfrutaba desde hacía ya mucho tiempo. Sin duda, él había sabido aprovechar los años mejor que ella, huyendo de la tristeza y la responsabilidad de cualquier manera que no fuera delante de la televisión o cuidando la casa y a su hijo. Lo miró, dudando antes de responder. Movió ligeramente la cabeza a un lado y al otro casi imperceptiblemente y dijo con un hilo de voz:
- No. No soy feliz.
Tal vez en el fondo él no esperaba esa respuesta y el valor se esfumó como el humo que salía de la taza de café. No supo qué responder a la mirada de ella, que no se había movido, esperando que él asumiera la responsabilidad de la pregunta.
- ¿Me pones otra tostada? - dijo él, quitándole la mirada y cogiendo el azucarero para poner torpemente el azúcar dentro de la taza.
Ella se quedó unos segundos esperando a que la volviera a mirar. No podía hacerle aquella pregunta y desentenderse. No podía hacerla desvelar aquella verdad que le pesaba como una losa encima de los hombros desde hacía tantos años y ahora no decir o hacer nada... Tartamudeando nerviosa le dijo:
- Sí, claro...
Se sentó y desayunaron en silencio, como siempre. Él se despidió diciéndole que llegaría tarde del trabajo y ella le preguntó si había algo urgente para la colada.
Durante el rato que ella se quedó sentada sola en la cocina vacía antes de levantarse para hacerse cargo de la casa, lo único que recordó aquella conversación momentáneamente esperanzadora fue la lágrima que había quedado cerca de la tostadora donde le había hecho la última rodaja de pan de aquel desayuno. De otro desayuno.



29.3.11

Hijos pródigos


Un año ha pasado desde que la voz de Amaranta quedó acallada por su propia mente. Un año de un silencio sepulcral de la inspiración. Un año de boicot a todo lo que escribir significaba para mí.
A veces los exorcismos deben hacerse cuando ya conoces al demonio que llevas dentro y no cuando no sabes contra lo que luchas. Y, sin darme cuenta, he esperado el momento idóneo para volver después de una batalla encarnizada contra el mismo Lucifer.
Ahora he vuelto. No sé si renovada, si mejorada o desmejorada, pero he vuelto. Con pequeños y grandes diablos que deben salir de mí por la vía que mejor sé usar, que es el papel o, en este caso, el teclado de un ordenador que me sirva de ventana para lanzar mis pensamientos a un mundo donde puede no haber nadie pero que sé que recoge y esconde en alguna parte lo que no quiero tener indómito por dentro.
Muchas historias pasan ahora por mi mente, arremolinadas y desordenadas, esperando a que les dé el orden que las debilitará para convertirlas en recuerdos incapaces de dañar.
Vuelven a casa las palabras, la inspiración, las ganas, el tiempo. Y no como la historia bíblica donde huían por deseo propio, no. Ellos vuelven a una casa de donde fueron expulsados. Así que no sé si debo llamarlos los hijos pródigos o si la hija pródiga soy yo, que cerré mis puertas para abrirlas al error, la tristeza, el abandono y ahora encuentro que ellos me esperaban donde los dejé antes de este tiempo perdido de mi vida pero, estoy segura, prolífico en relatos.
Sea como sea, he vuelto. Gracias por esperar, palabras.

3.3.10

Aunque él no lo sepa


Desde la parada de guaguas de la Shell de Tomás Morales vi venir la línea 25, que llevaba un buen rato esperando. A esa hora esperar esa línea es un suplicio y la pequeñísima marquesina de la gasolinera se va llenando de gente impaciente y taciturna que mira al suelo o a los taxis que pasan, probablemente deseando poder permitirse el lujo de coger uno.
Al subir, milagrosamente, encontré un asiento libre y me senté, acomodando el maletín con el ordenador, una mochila con mi ropa y el gordísimo libro en que estaba enfrascada en esos días. Tanta prisa llevaba, que ni siquiera me puse los auriculares, como suelo hacer, para abstraerme de los golpes de tos, las conversaciones en voz más o menos baja, los bocinazos de los impacientes conductores que intentan cambiar de carril o el zumbido de alguna ambulancia. Sólo quería llegar a la hora convenida a Las Arenas, donde me esperaban.
Me senté de espaldas al conductor, así que a cada rato volvía el cuello para mirar por qué había parado la guagua y también por pura impaciencia, como si mirar hacia adelante me hiciera menos largo el trayecto. Manías inexplicables.

Aquel hombre subió en la parada de la piscina Julio Navarro, aunque no lo vi en el momento de subir; encontré su triste figura sentado enfrente de mí de repente. Debía tener casi los setenta o eso aparentaba. Vestía una camisa de botones celeste, un pantalón azul oscuro y unos zapatos negros limpios. Llevaba el pelo blanco bien peinado hacia atrás. Pero tenía la expresión más triste que he visto nunca. Sus ojos azules estaban apagados, las arrugas alrededor de ellos los hacían caer aún más que aquella tristeza. La postura de su espalda lo hacía parecer un poco jorobado, tal era la pesadumbre que parecía cargar sobre los hombros. Y vi un pañuelo negro asomando por el cuello de su camisa, tapando inequívocamente una traqueotomía.
Pestañeaba despacio, mirando ahora por la ventana, ahora al suelo y un suspiro se le escapaba a ratos.
Llevaba los brazos caídos sobre las piernas y al final de ellos, las manos limpias con los dedos de una cruzados con los de la otra, como en una postura abandonada de oración.

Me produjo mucha tristeza... mucha. No lo había visto nunca, pero sentí un enorme y profundo cariño por aquel hombre al borde de la vejez que parecía tan solo.

Como tantas otras veces, imaginé cómo podía ser su vida, lo imaginaba joven, fumándose un pitillo, imaginaba el duro golpe de aquella traqueotomía que lo hacía taparse el cuello en una noche de tanto calor y me imaginaba cómo pudo haber sido su joven sonrisa, aunque aquella expresión me hacía difícil pensar que aquel hombre hubiese sonreído alguna vez.

Lo quise, sin darme cuenta. Pensé para mis adentros que ojalá estuviese equivocada en todas mis conjeturas y deseé con mucha fuerza que fuese feliz a partir de ese momento. Que nada malo le ocurriera porque, detrás de aquella inmensa tristeza, también había bondad. Tenía la cara de quien no merece que nada malo le ocurra jamás.
No me miró una sola vez. A decir verdad, no miró a nadie en el trayecto en que estuvo en la guagua. Se bajó en la parada de Mesa y López y no me pareció que supiera muy bien a dónde iba, porque desde el último escalón miró a un lado y luego al otro y luego bajó despacio, agarrado de la barandilla para ayudarse. Por la ventana lo vi alejarse sin niguna prisa, con la espalda ligeramente hundida hacia el callejón que lleva a Juan Manuel Durán con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y casi arrastrando los zapatos limpios.

Nunca podrá imaginar que la mujer que estaba sentada enfrente suyo en la guagua aquel día, acabaría por escribirle unas líneas a modo de recuerdo y buenos deseos. Ni tampoco sabrá que alguien que no lo conoce y a quien no conoce, sin saber por qué, lo quiere de alguna manera.

No es una historia de amor al uso. No es ni siquiera un cuento con final feliz. Probablemente no se va a producir jamás un reencuentro entre los protagonistas. Nunca lo he vuelto a ver, ni lo había visto antes.
Pero... su mera y triste presencia despertó en mí la compasión y el cariño hacia alguien que no conocía. Me hizo desearle toda la suerte que pudiera abarcar su espíritu. Y, desde ese momento, no lo he olvidado. Incluso se cuela en mis oraciones y veo sus ojos azules mirando al suelo sin querer.

Y, siendo así... ¿Quién puede decirme que esto no es también una historia de amor?


(Ilustración: V. Van Gogh)

19.1.10

Estaciones


Una vez me hablaron de una alegoría muy bonita sobre las personas que pasan por tu vida; en ella éstas eran como un viaje a través de distintas estaciones de tren. Y qué imagen más bella que la de una estación de trenes, llena de despedidas y encuentros. No como en los fríos aeropuertos donde un malhumorado policía te dice hasta dónde puedes acompañar a la persona de la que te despides o que te despide a ti y te hace quitar los zapatos, registra tu equipaje y te palpa desde los brazos hasta los tobillos por si llevas algún arma mortal o algún explosivo... No. En las estaciones puedes llegar hasta el mismo punto donde el adiós es inevitable. Puedes incluso correr hasta el final del andén agitando los brazos mientras el tren se hace pequeño a lo lejos.

Y la vida es, sin duda, como ese traqueteo constante, donde el suave balanceo sobre los raíles puede dejarte dormido, o puede hacerte pensar cosas que sólo piensas cuando viajas en él.

Pero lo más bonito de esos viajes es, sin duda, el pasajero que se sienta casualmente a tu lado y mejora el recuerdo de ese viaje sólo por haber compartido contigo ese rato que dura el trayecto que el destino quiso que hicieran juntos.

En mi viaje, hace unas cuantas paradas, subió Néstor. Al principio sólo se sentó a mi lado por pura casualidad, incluso me pareció un viajero incómodo, de ésos con los que cruzas miradas y esbozas una sonrisa que acaba antes casi de empezar porque él ya te había quitado la vista. Pero el viaje era largo y finalmente se acostumbró a verme sentada a su lado. Y yo a verlo sentado a él, aunque a veces tuviera una conversación incesante y otras se quedase callado durante horas.
Néstor se convirtió en mi acompañante en uno de los trayectos más bonitos y a la vez inciertos de mi vida. En las primeras estaciones el sonido de nuestras voces molestaba incluso a otros pasajeros, porque hablábamos hasta la madrugada y reiniciábamos la conversación desde que despertábamos. Nos contábamos muchas cosas, nos reíamos de otras, hasta llorábamos por esto o por lo otro para volver a iniciar otra conversación cualquiera en cualquier momento.

En algunas paradas subieron amigos suyos que se sentaron a nuestro lado; bueno, al suyo, acostumbrándose a la nueva compañía de la misma manera que se había acostumbrado él.
Y el viaje parecía largo, pero las estaciones se sucedían una detrás de otra, aun cuando yo quitase la vista al pasar por ellas para no acordarme de lo que eso significaba.

Escribo esto aún subida al tren, en pleno viaje, en mitad de la noche sin saber siquiera por dónde viajamos a estas horas. Y ahí sigue de vez en cuando, apoyando su cabeza en mi hombro para descansar cuando se queda dormido. Y otras veces, las menos, incluso habla del viaje como si nunca fuese a terminar, mientras yo veo pasar las estaciones una detrás de otra, deseando que lo que me dice sea cierto. Tanto me acostumbré a despertar y verlo ahí, que ni recordaba hacia dónde me dirigía. Pero ahora no se me olvida que cuando se sentó a mi lado fue porque él iba a alguna parte y yo me dirigía a algún otro lugar. Y no sé si es porque el silbato del tren, que había dejado de escucharlo, vuelve a sonar incesante estación tras estación, pero lo cierto es que en cada una de ellas vuelvo la cabeza hacia su asiento y lo veo mirar el reloj, impaciente, o a veces incluso se cambia de sitio para emprender conversaciones con otros pasajeros... Y presiento que su parada está cercana.

Dicen los que me conocen que en el fondo tengo miedo de alejarme demasiado de mi sitio, que todo eso que me digo en silencio en el tren es sólo producto de mi miedo y que tal vez nuestra parada, la de Néstor y la mía, sea la misma. Que el viaje, lejos de acabar, está empezando. Pero él ya no habla por las noches; se duerme o pasea por los vagones buscando algo con la mirada. Y cuando amanece, lo veo asomado a la ventana, ladeando la cabeza hacia los dos lados, con el viento haciéndolo parpadear, como ansioso por vislumbrar algo que no sé qué es.
Y aunque siga apoyando la cabeza en mi hombro para descansar, ya no sé lo que sueña.
Así que, a esta hora en la que escribo esta triste corazonada, miro a cada rato hacia el pasillo a ver si lo veo venir bostezando hacia su sitio, que es justo al lado mío, pero no veo a nadie...
Y pienso que a lo mejor es el momento de mirar mi billete para recordar el nombre de la estación donde yo debo bajarme, no se me vaya a pasar...


(Me lleve a donde me lleve este tren y te lleve donde te lleve a ti, te recordaré siempre como el mejor compañero de viaje que he tenido nunca).

A Néstor.

30.6.09

El Sol Prisionero (Atardecer en Las Palmas)


Cuando el Sol sale en Las Palmas, el mar se tiñe de amarillo. Es un Sol radiante, libre.
Tímido al principio, va recobrando confianza a medida que pasan los minutos.
Si uno mira al horizonte, parece que puede ver incluso la redondez del planeta.
Es el único momento del día en que la ciudad de Las Palmas parece no tener miedo a nada.
El único rato en que la ciudad se deja atrapar por algo que no sea ella misma.
A mediodía, mientras cae a plomo sobre la urbe, los edificios plagados de cristales relucen por todas partes, acentuando la sensación de sofoco que nos va aplatanando lentamente hasta convertirnos en sudorosos zombis deseosos de que vuelva la noche a librarnos del eterno calor. Las Palmas, a medida que pasan las horas, arde en fiebre.

Cuando llega el atardecer, la ciudad se venga del Sol soberbio que apareció por la mañana inundándolo todo, y sus moles de cristal y cemento se vuelven de repente los barrotes de la celda donde el Sol queda atrapado hasta que decide escapar dando paso a la noche.
Voy caminando por la Avenida Marítima... un rayo de Sol me ilumina. Luego se esconde tras un barrote de quince pisos. A los pocos metros, vuelve a darme luz, asomando la cabeza asustado, preso entre los gigantes que se interponen entre el mar y la ciudad. Y vuelve a desaparecer.
Me produce tristeza verlo tan pequeño, tapado por algo tan vulgar como un edificio. Me da pena que en Las Palmas anochezca antes que en otros lugares sólo porque el hombre decidió poner barreras justo delante del mar, robándonos la puesta de Sol. Reniego de un atardecer con el Sol preso.

Este fin de semana me sentaré en la Avenida Marítima, esta vez mirando al mar, para volver a contemplar cómo el Sol nos perdona tanta vileza urbana y, durante unos minutos, vuelve a ser el Rey que nunca debió dejar de ser.
Este fin de semana veré amanecer en Las Palmas.
Este fin de semana veré amanecer en la ciudad que creyó ser Dios y nos robó el Sol de cada tarde...




16.6.09

En Nombre del Remordimiento (O Pieza Suelta de un Puzzle)


Soy esa mujer del cuadro de Munch...
Mírenme. ¿Qué ven?
Aunque no lo crean, esa mujer está vestida.
Lleva una falda de cariño, una camisa de respeto, unos zapatos de preocupación hacia ese hombre que agacha la cabeza.
Ese hombre, en nombre del remordimiento, es quien me hace aparecer desnuda en ese cuadro.

Soy esa mujer en el cuadro de Munch...
Mírame. ¿Qué ves?
Lógico. No se puede ver nada mirando al suelo.

Para J.

21.5.09

Mus, Parchís y otros Juegos


En estos días en que no tengo que trabajar es cuando me doy cuenta de que soy como un animalillo que sólo es inofensivo si se le tiene atado y bien atado.
Y es que, en estos días en que no he ido a trabajar, he jugado al Mus y al Parchís con gente que ni siquiera conozco.
Es tanto mi vicio con el juego que, cuando me quise dar cuenta, me estaba jugando también el orgullo y el corazón....
Y sin mover una ficha, sin tirar un dado y sin levantar una sola carta.

¿Les interesa un consejo de ludópata escaldada?
Después de la medianoche, como en La Cenicienta, todo se vuelve más feo. Al menos en esto de los juegos. En todos los juegos.
Así que... después de las doce, un buen libro y el messenger cerrado.
(Nunca he ganado una apuesta yendo de farol).

13.5.09

La Roca Valiente



¿Cuánto tiempo llevaba esa roca ahí? No me atrevo ni a imaginarlo. Seguramente, tantos años como olas la habían embestido ya.
¿Y cuántas veces había pasado yo por aquel lugar? Seguramente, tantas como olas me habían embestido a mí.
Y en esa calurosa tarde, otra más, acomodada en la guagua, con la espalda apoyada en el cristal y las piernas estiradas a lo largo de los sillones traseros, la vi.
La vi... y fue tal la visión de aquella roca en medio de una nada acuática, que me quité rápidamente los auriculares de los oídos y me incorporé para poder observarla los pocos segundos que quedaban antes de que quedase escondida de mi vista, detrás de las horribles y cochambrosas casas que tapan la vista del mar a lo largo de toda la carretera.
Pude verla en el justo momento en que una ola la atacaba fuertemente por la espalda, precisamente a ella, tan sola en medio del desierto azul. Pero no se inmutó. Aguantó inmóvil, quieta, paciente. En cambio, fue la ola la que se rompió en una gran estrella de espuma, por encima de la roca valiente. Ella, que llegó por la espalda, se hirió de muerte, descomponiéndose en torbellinos de sangre blanca. Llegó inofensiva a la orilla, mientras la roca seguía inmutable en medio del mar tranquilo que ya preparaba su próxima embestida de la que, sin duda, y aunque no pude verlo ya, la roca saldría sana y salva.



(A Samuel, una roca más valiente que la del relato. Aunque nos separe el Atlántico, sabes que una velita siempre arde por ti)

12.4.09

Sabios microscópicos


No tengo ni idea de cuánto tiempo hacía que nadie se molestaba en limpiar los libros que ocupaban aquellas estanterías.
Empecé a llevar en brazos hacia el salón todos los que podía cada vez para ahorrarme paseos innecesarios. Me di cuenta de que eran muchos, de muchos tamaños, de muchos temas distintos, de muchos colores, de muchos años, de pocos años, sin traducir, traducidos...
No sé si tardé tanto en quitarles el polvo porque me entretenía mirando cada uno, meneando sus páginas para que saliera de ellas el polvo, curioseando lo que contaban. Pero estuve un larguísimo rato hasta que quedaron nuevos otra vez.
Abrí las ventanas para que la atmósfera se despejara y vi, a mi alrededor, pequeñas nubecitas de polvo, danzado ingrávidamente por encima y alrededor de los libros y de mí, que los seguía curioseando con muchas ganas pero sin ninguna prisa. Allí estaban, huyendo a través de la ventana o arrastrados hacia ella por la corriente de aire, los millones de pequeños ácaros que habían vivido tanto tiempo entre sus páginas. Se marchaban desterrados, dejando paso a los nuevos que en breve, seguro, volverían a asentarse entre aquellas páginas llenas de tantas cosas para recostarse entre las hojas y quién sabe, si para devorar lo que dicen.
El caso es que no pude resistirme a hacer la foto que encabeza estas palabras. Nuevos otra vez, apilados unos encima de otros, esperando para ser recolocados en sus estanterías limpísimas ahora, pero que ya iban haciendo sitio para los nuevos curiosos invisibles que, en el momento publicarse esto, sin duda ya estarán agrupándose para pasar una larga temporada a la sombra de las miles de hojas que forman esa pequeña gran biblioteca.
Los habrá políglotas; algunos saldrán siendo expertos en arte; otros serán poetas; otros, aburridos de las matemáticas o de la física les dirán a los que habitan los libros de Benedetti que les reciten algún lindo poema...
Pero todos, a su manera, se habrán convertido ya, cuando vuelvan a ser desterrados por a saber qué manos esta vez, unos sabios microscópicos.